Esta película de Patricio Guzmán (“Nostalgia de la luz”, 2010) confirma una ya larga tradición de excelencia de su autor en el género documental. Tanto el contenido como la forma hacen de ella una obra maestra a la que se hará referencia durante muchos años. Ella coloca al autor, junto a Raúl Ruiz, como uno de los dos más trascendentes y globalmente reconocidos cineastas chilenos. Sin embargo, en una demostración indiscutible del sectarismo y del carácter censor de la clase política chilena, toda la obra de Guzmán ha sido consistentemente proscrita de la TV nacional, debido a su visión crítica de esta sociedad.
El tema del filme es simple y profundo: existe en nuestro planeta un vasto lugar desde donde se puede contemplar el universo - luego, el pasado - de manera óptima debido a la transparencia de sus cielos. Ese lugar tiene, al mismo tiempo, la característica de ser el desierto más seco de la tierra, donde la ausencia de agua permite conservar en su suelo materia orgánica e inorgánica que, de otra manera, se degradarían, descompondrían y desaparecerían; de nuevo, una ventana hacia el pasado. Este ventanal doble es el Desierto de Atacama.
Debido a estas características, en este desierto coexisten dos grupos de buscadores: aquellos que tratan de desentrañar el pasado por medio de gigantescos telescopios, los más grandes del mundo, los dotados de la más avanzada tecnología, y aquellos que buscan pistas de nuestra historia cavando en busca de evidencia arqueológica: restos momificados, ruinas y artefactos de todo tipo. Esto ha sido así por mucho tiempo.
La novedad, como el autor nos revela, es que junto al campo de los arqueólogos ha surgido, en las últimas décadas, un nuevo grupo, formado sustancialmente por mujeres: las madres, esposas, hermanas e hijas de detenidos desaparecidos, que buscan restos humanos de las víctimas de la dictadura de Pinochet, cavando en el desierto con herramientas precarias pero con una resolución y una fortaleza de espíritu absolutamente sobrecogedoras.
El viaje de Guzmán por este sendero temático tiene dos vertientes: por un lado, busca - y encuentra – lazos que ligan a las dos corrientes tradicionales (astrónomos y arqueólogos) con la corriente más reciente: los familiares de víctimas del terrorismo de Estado. Por otro lado, tiende puentes entre ambos mundos, sugiriendo un diálogo deseable.
El logro visual del filme consiste en mostrarnos asombrosas imágenes obtenidas con los telescopios y radio telescopios más modernos en contraste con imágenes de objetos cotidianos, en las que el autor descubre una belleza acaso tan sorprendente como la de estrellas, constelaciones y nebulosas. Pero hay un tercer grupo de imágenes: aquellas que nos muestran el horror de un régimen construido sobre la muerte violenta, sobre la negación de lo humano. Esta creativa y dolorosa combinación va tejiendo una historia inolvidable.
El tema de fondo de la obra es nuestra relación con el pasado y el rol de la memoria en la posibilidad – sólo la posibilidad – de que ella pueda contribuir a la construcción de un futuro mejor. Me recordó la obra mayor de Proust, pero también otras viejas lecturas.
Entre el apoyo institucional que el mundo da a la astronomía y, en menor grado, a la arqueología, y la dolorosa precariedad con que continúan su cruzada las mujeres que cavan en el desierto, uno podría pensar que su búsqueda es fútil. Pero no. Guzmán nos revela que ese arduo y desgarrador trabajo ha conducido a numerosos hallazgos y uno de ellos tuvo lugar durante el rodaje de la película: se encontró el cadáver de una detenida desaparecida, sus manos momificadas asomando, atadas, por la abertura de un saco. El director muestra esa imagen de muerte con franqueza y nos golpea con el horror del asesinato, pero también nos apunta hacia el alivio del encuentro, de la recuperación, de la tenacidad justificada, de la largamente esperada sepultación y de la motivación para no perder la esperanza.
A poco andar, el autor me sorprendió con una imagen conocida: la del campo de concentración de Chacabuco. Su objetivo es el de indagar en la existencia de un grupo de prisioneros políticos que se dedicó a la astronomía durante su permanencia en aquel campo. Durante el día, el más entendido en esa disciplina, un médico prisionero, daba clases teóricas a los interesados y, durante la noche, hacían observaciones de los cuerpos celestes aprovechando la trasparencia de los cielos y, a falta de telescopio, utilizando una ingeniosa máquina, hecha de restos de madera y metal, que permitió a estos astrónomos aficionados enfocar la vista en las constelaciones y abocarse a su estudio.
Pero Guzmán hace oscilar nuestra atención, una y otra vez, entre el cosmos y el subsuelo. Acaso el testimonio visual más impactante es el desentierro de varios cuerpos de una fosa hallada en Calama en los años 80 en que se aprecia claramente el cadáver momificado de Manuel (Choño) Sanhueza, dirigente juvenil de Concepción que también ejerció su liderazgo en Valdivia, Santiago y Arica, lugar donde fue hecho prisionero por agentes de
La búsqueda de lazos entre los mundos descritos queda ejemplificada por dos casos: el joven ingeniero hijo de exiliados, nacido en Alemania, cuya madre trabaja en Chile con mujeres víctimas de la tortura, mientras él mismo ejerce su profesión a cinco mil metros de altura en el proyecto ALMA, el radio telescopio más grande del mundo; por otra parte, la joven astrónoma hija de detenidos desaparecidos, que fue en su infancia detenida junto a sus padres y abuelos y amenazada de muerte, y que ahora, casada y con dos hijos pequeños, se desempeña en un proyecto astronómico internacional. Ella ha logrado forjar, en base a su durísima experiencia, una mirada distinta al pasado, que le permite construir futuro. Estos testimonios justifican por sí solos la existencia de esta película y los éxitos que ella ya ha cosechado en festivales internacionales.
Dos frases de Guzmán quedarán en mi recuerdo:
“Los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente; los que no la tienen, no viven en ninguna parte”.
Y esta otra, acaso astronómicamente incorrecta, que llama a una reflexión final cuyas conclusiones distan mucho de ser obvias:
“Cada noche, lentamente, el centro de la galaxia pasa por encima de Santiago”.
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*Académico de la Universidad de Chile





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