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RELATO DE NANCY(Una prisionera política en1973 y en 1984)

Enviado por Mario&Nimia el 18/07/2010 a las 19:12

Me  molesta  la luz  de  la  lámpara que está  demasiado cerca de mi rostro.  Me recuerda el foco que los interrogadores, sumergidos en la sombra, proyectaban sobre mí. ¿Qué revelará la faz cuando nada la protege? Es como estar bajo el agua con los ojos abiertos sin que nada te separe del flujo líquido. Es como si tú fueras un océano sin límites y tienes  el imperativo de no permitir que los peces  brinquen en lo hondo y provoquen torbellinos. Le tengo fobia a las lámparas potentes. Bajo su fuerte luz, la actividad de mi cerebro se divide por el terror ante la amenaza  de esas voces brutales y sin rostro que me hostilizaban sin término y la herida dolorosa que imprimieran  en mi existencia. Eran voces duras y amargas, como rocas de volcán: hablaban de aniquilamiento, de segarme la vida.

En septiembre  de  1973, yo tenía veintiún años y estaba de novia con Fabián. Nos  amábamos con plenitud y entrega absoluta. La vida nos parecía una rosa abierta. Éramos jóvenes idealistas que soñábamos con un Chile más justo: los niños podrían alimentarse y educarse mejor; salarios dignos compensarían el esfuerzo del obrero. Todos los sacrificios valían la pena. Aunque vivíamos en el filo de un cuchillo, estábamos ciertos de que conseguiríamos sortear los problemas. Como dirigentes de las Juventudes Comunistas fueron tantas las tareas que debimos asumir, que se hizo  forzoso el aplazamiento de nuestra boda. Y  llegó la traición: la densa  y larga noche del 11 de septiembre.

 El pueblo no estaba armado. El afirmar lo contrario  fue la primera falacia de los golpistas que inventaron la existencia del Plan Z. Y lo juro: el pueblo jamás estuvo armado. La prueba de ello es que ningún acto fue posible para  defender al  Gobierno Popular.

Hoy, en el 2003,cuando escribo estas líneas bajo la luz de la lámpara, cierro fuertemente los párpados y creo revivir el desconcierto y el desamparo de  todos los días que vinieron después del golpe militar de 1973

... No hay nadie aquí....Mamá debe haber ido a casa de la abuela. ¿Dónde estarán mi padre  y Fabián, mi novio. Los uniformados nos buscan a los tres, conocen nuestra filiación política.Mi cabeza no funciona, la vuelvo hacia un lado y pienso que tengo que hacer algo, pero pronto lo olvido. Estoy como llena de nubes y de  incoherencias. Estiro las manos para coger un objeto y me quedo con ellas vacías y en el aire. Tengo náuseas y una rara sensación en el vientre: siento como si me licuara por dentro.   Entro y salgo de la casa. Me paro en la puerta y miro hacia ambas esquinas de la cuadra. . .  Los que tienen que llegar, no llegan . . . Allá, cerca del quiosco de revistas, escondido detrás de un diario, creo ver al sujeto que ha venido siguiéndome por varios días. A lo mejor es un individuo cualquiera, pero  la  aprehensión me hace ver siempre al que acecha.

Durante todo el día de hoy los aviones han pasado en vuelos rasantes. El estruendo asusta a los niños  y  los perros aúllan y se esconden. Frente a mi puerta se deslizan hombres pálidos de rostros desencajados, abuelas que pretenden disimular su nerviosismo retorciendo la punta del delantal. Hay tantas preguntas no formuladas detrás de los  gestos inseguros. Sí, es el pánico.  Cuando tú pasas y se agitan las cortinas, es el pánico que se agita en ellas; cuando te agazapas tras tus propios visillos ves  que, desde muy cerca, alguien espía tu puerta. Todo acecha...desde los balcones,  desde las ranuras...entre las tablas de las cercas. El delator tiene nombres innombrables, nadie lo conoce y está en todas partes. La verdad es que tengo páaaaniiccooo. ¡Yo que me creía capaz de enfrentar todas las dificultades! Ilusa de mí. No soy más que una mujer metida en el retorcimiento de mis vísceras, en la sequedad y amargura de mi boca;  desvalida,  indefensa ante el enemigo  implacable. La Dirección Regional del Partido está desarticulada y no hay comunicación alguna con Santiago. . .

¡Y las noches!... No quiero que el sol se vaya. . . ¡No quiero pensar en las noches! En la oscuridad, la calle es un largo cuartel de aconteceres anónimos. Nadie conoce a nadie... Ráfagas de proyectiles... disparos, carreras de los que huyen, resonar de botas de los que persiguen... Órdenes rudas de uniformados, llantos de mujeres y chiquillos en la calle...  Los helicópteros como mariposas gigantes vuelan continuamente sobre la población: detienen su enorme haz luminoso   sobre casas, patios, árboles y rincones.  Prenden el día sobre la calle desierta.

Como dirigente de las Juventudes Comunistas, suponía que, al producirse el Golpe, habría  quienes velarían por mi seguridad y tendríamos casas suficientes donde permanecer seguros, mientras pasaba lo peor. Pero no ha sido así. Muchos de los que deberían ayudarme han caído en manos de las fuerzas represoras y el resto tiene mucho miedo.Nadie se atreve a arriesgarse por nadie. Hay gente conocida que no me saluda y pasa a la vereda del frente si nos topamos por casualidad en la calle. No tengo dónde ir .¡Ni asomarme a las casas de mis parientes!, ya estoy advertida.¡Es inútil!... Los amigos y compañeros corren más peligro que  yo.

¡Cómo me duelen las banderas flameando en el cielo de septiembre y de la primavera! Siempre fueron  centelleo  de libertad; ahora... son gritos  de  miedo.  Todos en la población han debido izarla para no atraer la atención de quienes persiguen a los allendistas.

¡Esta tierra llena de oprobio  no es mi patria!  Antes, las calles  parecían anchas, soleadas y seguras, ahora las veo estrechas, llenas de peligros y ensombrecidas por los pelotones de uniformados, los buses militares, las bayonetas  y la niebla. Mi boca está siempre seca, amarga;  una llamarada me quema el fondo de la garganta. Como producto de la desazón, hace algunos días me atropelló un motorizado.  Iba tan absorta que no lo vi venir.  Atravesé la calle,  y ¡zas!  como si hubiera caído del cielo,me embistió y rodé sobre el pavimento. Recibí  el golpe en una cadera; ahora apenas puedo caminar y tengo dificultad para ponerme de pie o sentarme. Como si eso fuera poco, anteayer me mordió un perro y tuve que acudir a la Asistencia Pública. La dueña del can aseguró que estaba vacunado, pero el doctor debió curarme la herida. Extendió un comprobante de la atención prestada, pero se equivocó y escribió en el papel que mi nombre era María Cares. El  error fue providencial.  Ayer me detuvo  un carabinero que exigió  me identificara. Le mostré el  documento dado por el médico. Me dejó seguir . María Cares no aparecía en la lista de los que buscaba. El nombre mío, sí.

Como no tenía donde ir, decidí afrontar lo que viniera y permanecer en casa.  Mamá y la abuela se quedaron conmigo. El 19 de octubre, a las tres de la madrugada, un jeep cargado de marinos golpeó a la puerta y dijeron que iban en mi busca.

 Me llevaron primero  a la Puerta de Los Leones en la Base Naval de Talcahuano  y desde allí, después de ser fichada, al Fuerte Borgoño. Viví un terrible sometimiento al horror. Me desnudaron y azotaron hasta dejarme inconsciente y con el cuerpo trazado de rayas. Cuando vieron que me movía, volvieron a atarme, me pusieron conectores eléctricos en los pechos, en la vagina y en el ano; me aplicaron el “submarino” y el "teléfono”. Fueron tantos los golpes en los oídos que perdí la audición de uno de ellos y  dejaron afectado hasta hoy mi sentido del equilibrio.Tengo artrosis postraumática. Sufro de vértigo y como producto de ello jamás pude volver a trabajar. 

Fui llevada al Cuartel Rodríguez donde estuve varios días: esperaban que me recuperara un poco de las heridas más evidentes. Después me hicieron regresar al Fuerte Borgoño.

 ¡Fui violada muchas veces!  Fue tanto el horror de  las torturas que muchas veces me dije :“De aquí no salgo viva” y me despedía de los que amo. Pero reaccionaba autorrespondiéndome: “No. Sea como sea, voy a vivir. ¡Sobreviviré a la infamia!”. Así fui perdiendo el miedo. ¡Me acostumbré a él! Enfrentaba a los torturadores con empujones y patadas en defensa propia.Del odio me salían los garabatos.  Aprendí  a sobreponerme al terror en los simulacros de fusilamiento a que nos sometían.

Antes de Navidad me mandaron a la Isla Quiriquina.Allí comenzó una nueva etapa. Pasaba gran parte del día al aire libre. El mirar el mar, el lavar la ropa de los compañeros, el conversar a veces con ellos, el participar en actos culturales, me renovó la existencia. Comparada al horror padecido en el Fuerte Borgoño, la prisión aquí me pareció más llevadera.

Éramos alrededor de sesenta mujeres las que dormíamos en dos salas de clases de la Escuela de Grumetes; los varones pernoctaban en el gimnasio. Las prisioneras se entretenían jugando futbolito  en la piscina que estaba seca  y eran entusiastamente estimuladas por los compañeros. Yo pretextaba el dolor de la cadera. Todas estaban muy flacas, yo era la más gorda. Celosamente ocultaba mi embarazo de varios meses. Cuidé que no lo advirtieran las amigas, los compañeros o los guardianes.

Ya no me arredraba ante nadie. Las mujeres dábamos la cara en las situaciones difíciles, especialmente cuando se trataba de conseguir  beneficios para todos los prisioneros o de  hacer  declaraciones ante la Cruz Roja Internacional. Nunca bajamos la guardia ante los torturadores ni ante las autoridades de la Armada. Como había perdido el miedo al horror, yo llevaba el pandero. Cuando los oficiales  pasaban cerca nuestro,  solíamos cantar los versos de la canción revolucionaria española: “Oficiales, oficiales, tenéis mucha valentía, /veremos si lo sois tanto/ cuando llegue nuestro día”.

En febrero de 1974, un grupo de mujeres fuimos trasladadas a la Cárcel de Tomé. Nos ubicaron junto a las reclusas comunes en celdas muy chicas,  feas,  sucias y con colchones llenos de piojos.  Protestamos, arrojándolos por la ventana y exigimos colchonetas nuevas. En un comienzo allí  nos trataron  muy mal,  pensaban  que  éramos más perversas que las delincuentes. Poco a poco y con paciencia nos fuimos granjeando el cariño no sólo de las presas comunes, sino también de los guardias.    Aprendieron a respetarnos  y a valorarnos como personas. Les habían dicho que éramos verdaderos monstruos,  malas y muy agresivas.  Les demostramos que éramos todo lo contrario. Cuando nos sacaron de esa cárcel a muchas y a muchos  se les llenaron los ojos de lágrimas.

Como no pudieron establecer ningún cargo en contra mía, me dejaron  en libertad el 29 de mayo  de 1974. Antes de que se cumplieran veinticinco días de mi salida de prisión, nació el hijo que había ocultado con tanto celo por miedo a que pudieran quitármelo o hacerle daño. Durante todos los meses de encierro, viví con el terror y la angustia de que mi preñez  fuera producto  de alguna de las violaciones. Pero no, el bebé era fruto de nuestro amor: el de Fabián y el mío. 

Cuando me detuvieron, yo  ignoraba que tenía más de un mes de embarazo. Mientras estaba prisionera reflexionaba: “¿Cómo comunicarle a mi novio, a ese hombre noble, leal como hay pocos, que voy a ser madre?” Cuando se lo revelé, él recibió la noticia con alegría. Con sencillez dijo: “Es nuestro hijo”.

Nos casamos y tuvimos dos  niños más. Desde entonces la vida siguió hilvanándose mejor. Nuestro hogar está hoy  lleno de  inmenso amor,  valores y utopías.

El 13 de diciembre de l984, me detuvieron por segunda vez y estuve prisionera en el Centro de Detención femenina (COF). Pero esta vez fue un período más corto y menos duro. Don Fernando Volio, relator de Derechos Humanos de la ONU –se comprometió mucho con nuestra causa y salvó mi vida y la de  quienes  habían sido detenidas conmigo.

Abro los ojos y desvío la luz de la lámpara.  “¿Los caros sueños de nuestra juventud   podrán  florecer algún día?” –me  pregunto. En la actualidad (2003) tengo 59 años. Quiero dar  este testimonio con valentía y como ejemplo,  como una forma para  que ese pasado horroroso no caiga en el olvido.   Mi corazón no exige revanchas. Exijo  justicia, para que ningún ser humano  vuelva a experimentar lo que a mí me hicieron y en ningún lugar de la tierra vuelvan a ocurrir hechos tan crueles contra la vida.Es necesario que las futuras generaciones sepan lo que realmente ocurrió en Chile. Que no crean el cuento que la dictadura se empeñó en difundir en el país y en el mundo. Que nadie piense que fuimos unos terroristas, sino las víctimas del terror. Si se volvieran a repetir las condiciones del pasado, los que somos idealistas de verdad, volveríamos a asumir nuestro rol, porque luchamos por ideales. 

Aún están ahí los millones de pobres en el mundo…¡Hay mucho que hacer...! Esto debe cambiar! En buena medida ello  depende de cómo los gobernantes  traten a los ciudadanos. Cada chileno espera que lo recaudado sea igual a lo invertido en el país; que el erario nacional no sea para financiar gastos personales de los que gobiernan, sino que, con  contabilidad honesta,  se emplee en bien de la patria.

Nuestro sacrificio  de ayer es algo que no tiene precio. Sentimos que fue  honroso haber vivido en la época de la Unidad Popular y haber luchado y sufrido por ello.  Gobernamos con Allende y supimos que había posibilidad de lograr una vida más digna para todos. Esa era nuestra utopía: el camino que llevaba a la concreción de los sueños. ¿Será realidad algún día?

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Escalofriante testimonio

Enviado por el 19/07/2010 a las 12:13 AM
Cecil

Que terrible y hay todavía gente que nos veta por compartir estos testimonios, por que no creen en este horror que se vivió en Chile en ese periodo.


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