Me molesta la luz de la lámpara que está demasiado cerca de mi rostro. Me recuerda el foco que los interrogadores, sumergidos en la sombra, proyectaban sobre mí. ¿Qué revelará la faz cuando nada la protege? Es como estar bajo el agua con los ojos abiertos sin que nada te separe del flujo líquido. Es como si tú fueras un océano sin límites y tienes el imperativo de no permitir que los peces brinquen en lo hondo y provoquen torbellinos. Le tengo fobia a las lámparas potentes. Bajo su fuerte luz, la actividad de mi cerebro se divide por el terror ante la amenaza de esas voces brutales y sin rostro que me hostilizaban sin término y la herida dolorosa que imprimieran en mi existencia. Eran voces duras y amargas, como rocas de volcán: hablaban de aniquilamiento, de segarme la vida.
En septiembre de 1973, yo tenía veintiún años y estaba de novia con Fabián. Nos amábamos con plenitud y entrega absoluta. La vida nos parecía una rosa abierta. Éramos jóvenes idealistas que soñábamos con un Chile más justo: los niños podrían alimentarse y educarse mejor; salarios dignos compensarían el esfuerzo del obrero. Todos los sacrificios valían la pena. Aunque vivíamos en el filo de un cuchillo, estábamos ciertos de que conseguiríamos sortear los problemas. Como dirigentes de las Juventudes Comunistas fueron tantas las tareas que debimos asumir, que se hizo forzoso el aplazamiento de nuestra boda. Y llegó la traición: la densa y larga noche del 11 de septiembre.
El pueblo no estaba armado. El afirmar lo contrario fue la primera falacia de los golpistas que inventaron la existencia del Plan Z. Y lo juro: el pueblo jamás estuvo armado. La prueba de ello es que ningún acto fue posible para defender al Gobierno Popular.
Hoy, en el 2003,cuando escribo estas líneas bajo la luz de la lámpara, cierro fuertemente los párpados y creo revivir el desconcierto y el desamparo de todos los días que vinieron después del golpe militar de 1973
... No hay nadie aquí....Mamá debe haber ido a casa de la abuela. ¿Dónde estarán mi padre y Fabián, mi novio. Los uniformados nos buscan a los tres, conocen nuestra filiación política.Mi cabeza no funciona, la vuelvo hacia un lado y pienso que tengo que hacer algo, pero pronto lo olvido. Estoy como llena de nubes y de incoherencias. Estiro las manos para coger un objeto y me quedo con ellas vacías y en el aire. Tengo náuseas y una rara sensación en el vientre: siento como si me licuara por dentro. Entro y salgo de la casa. Me paro en la puerta y miro hacia ambas esquinas de la cuadra. . . Los que tienen que llegar, no llegan . . . Allá, cerca del quiosco de revistas, escondido detrás de un diario, creo ver al sujeto que ha venido siguiéndome por varios días. A lo mejor es un individuo cualquiera, pero la aprehensión me hace ver siempre al que acecha.
Durante todo el día de hoy los aviones han pasado en vuelos rasantes. El estruendo asusta a los niños y los perros aúllan y se esconden. Frente a mi puerta se deslizan hombres pálidos de rostros desencajados, abuelas que pretenden disimular su nerviosismo retorciendo la punta del delantal. Hay tantas preguntas no formuladas detrás de los gestos inseguros. Sí, es el pánico. Cuando tú pasas y se agitan las cortinas, es el pánico que se agita en ellas; cuando te agazapas tras tus propios visillos ves que, desde muy cerca, alguien espía tu puerta. Todo acecha...desde los balcones, desde las ranuras...entre las tablas de las cercas. El delator tiene nombres innombrables, nadie lo conoce y está en todas partes. La verdad es que tengo páaaaniiccooo. ¡Yo que me creía capaz de enfrentar todas las dificultades! Ilusa de mí. No soy más que una mujer metida en el retorcimiento de mis vísceras, en la sequedad y amargura de mi boca; desvalida, indefensa ante el enemigo implacable.
¡Y las noches!... No quiero que el sol se vaya. . . ¡No quiero pensar en las noches! En la oscuridad, la calle es un largo cuartel de aconteceres anónimos. Nadie conoce a nadie... Ráfagas de proyectiles... disparos, carreras de los que huyen, resonar de botas de los que persiguen... Órdenes rudas de uniformados, llantos de mujeres y chiquillos en la calle... Los helicópteros como mariposas gigantes vuelan continuamente sobre la población: detienen su enorme haz luminoso sobre casas, patios, árboles y rincones. Prenden el día sobre la calle desierta.
Como dirigente de las Juventudes Comunistas, suponía que, al producirse el Golpe, habría quienes velarían por mi seguridad y tendríamos casas suficientes donde permanecer seguros, mientras pasaba lo peor. Pero no ha sido así. Muchos de los que deberían ayudarme han caído en manos de las fuerzas represoras y el resto tiene mucho miedo.Nadie se atreve a arriesgarse por nadie. Hay gente conocida que no me saluda y pasa a la vereda del frente si nos topamos por casualidad en la calle. No tengo dónde ir .¡Ni asomarme a las casas de mis parientes!, ya estoy advertida.¡Es inútil!... Los amigos y compañeros corren más peligro que yo.
¡Cómo me duelen las banderas flameando en el cielo de septiembre y de la primavera! Siempre fueron centelleo de libertad; ahora... son gritos de miedo. Todos en la población han debido izarla para no atraer la atención de quienes persiguen a los allendistas.
¡Esta tierra llena de oprobio no es mi patria! Antes, las calles parecían anchas, soleadas y seguras, ahora las veo estrechas, llenas de peligros y ensombrecidas por los pelotones de uniformados, los buses militares, las bayonetas y la niebla. Mi boca está siempre seca, amarga; una llamarada me quema el fondo de la garganta. Como producto de la desazón, hace algunos días me atropelló un motorizado. Iba tan absorta que no lo vi venir. Atravesé la calle, y ¡zas! como si hubiera caído del cielo,me embistió y rodé sobre el pavimento. Recibí el golpe en una cadera; ahora apenas puedo caminar y tengo dificultad para ponerme de pie o sentarme. Como si eso fuera poco, anteayer me mordió un perro y tuve que acudir a
Como no tenía donde ir, decidí afrontar lo que viniera y permanecer en casa. Mamá y la abuela se quedaron conmigo. El 19 de octubre, a las tres de la madrugada, un jeep cargado de marinos golpeó a la puerta y dijeron que iban en mi busca.
Me llevaron primero a
Fui llevada al Cuartel Rodríguez donde estuve varios días: esperaban que me recuperara un poco de las heridas más evidentes. Después me hicieron regresar al Fuerte Borgoño.
¡Fui violada muchas veces! Fue tanto el horror de las torturas que muchas veces me dije :“De aquí no salgo viva” y me despedía de los que amo. Pero reaccionaba autorrespondiéndome: “No. Sea como sea, voy a vivir. ¡Sobreviviré a la infamia!”. Así fui perdiendo el miedo. ¡Me acostumbré a él! Enfrentaba a los torturadores con empujones y patadas en defensa propia.Del odio me salían los garabatos. Aprendí a sobreponerme al terror en los simulacros de fusilamiento a que nos sometían.
Antes de Navidad me mandaron a
Éramos alrededor de sesenta mujeres las que dormíamos en dos salas de clases de
Ya no me arredraba ante nadie. Las mujeres dábamos la cara en las situaciones difíciles, especialmente cuando se trataba de conseguir beneficios para todos los prisioneros o de hacer declaraciones ante
En febrero de 1974, un grupo de mujeres fuimos trasladadas a
Como no pudieron establecer ningún cargo en contra mía, me dejaron en libertad el 29 de mayo de 1974. Antes de que se cumplieran veinticinco días de mi salida de prisión, nació el hijo que había ocultado con tanto celo por miedo a que pudieran quitármelo o hacerle daño. Durante todos los meses de encierro, viví con el terror y la angustia de que mi preñez fuera producto de alguna de las violaciones. Pero no, el bebé era fruto de nuestro amor: el de Fabián y el mío.
Cuando me detuvieron, yo ignoraba que tenía más de un mes de embarazo. Mientras estaba prisionera reflexionaba: “¿Cómo comunicarle a mi novio, a ese hombre noble, leal como hay pocos, que voy a ser madre?” Cuando se lo revelé, él recibió la noticia con alegría. Con sencillez dijo: “Es nuestro hijo”.
Nos casamos y tuvimos dos niños más. Desde entonces la vida siguió hilvanándose mejor. Nuestro hogar está hoy lleno de inmenso amor, valores y utopías.
El 13 de diciembre de l984, me detuvieron por segunda vez y estuve prisionera en el Centro de Detención femenina (COF). Pero esta vez fue un período más corto y menos duro. Don Fernando Volio, relator de Derechos Humanos de
Abro los ojos y desvío la luz de la lámpara. “¿Los caros sueños de nuestra juventud podrán florecer algún día?” –me pregunto. En la actualidad (2003) tengo 59 años. Quiero dar este testimonio con valentía y como ejemplo, como una forma para que ese pasado horroroso no caiga en el olvido. Mi corazón no exige revanchas. Exijo justicia, para que ningún ser humano vuelva a experimentar lo que a mí me hicieron y en ningún lugar de la tierra vuelvan a ocurrir hechos tan crueles contra la vida.Es necesario que las futuras generaciones sepan lo que realmente ocurrió en Chile. Que no crean el cuento que la dictadura se empeñó en difundir en el país y en el mundo. Que nadie piense que fuimos unos terroristas, sino las víctimas del terror. Si se volvieran a repetir las condiciones del pasado, los que somos idealistas de verdad, volveríamos a asumir nuestro rol, porque luchamos por ideales.
Aún están ahí los millones de pobres en el mundo…¡Hay mucho que hacer...! Esto debe cambiar! En buena medida ello depende de cómo los gobernantes traten a los ciudadanos. Cada chileno espera que lo recaudado sea igual a lo invertido en el país; que el erario nacional no sea para financiar gastos personales de los que gobiernan, sino que, con contabilidad honesta, se emplee en bien de la patria.
Nuestro sacrificio de ayer es algo que no tiene precio. Sentimos que fue honroso haber vivido en la época de





Escalofriante testimonio
Que terrible y hay todavía gente que nos veta por compartir estos testimonios, por que no creen en este horror que se vivió en Chile en ese periodo.