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VIVENCIAS DEL PASADO VI

Enviado por Mario&Nimia el 04/03/2010 a las 12:40

Texto de Mario Benavente

MI HERMANO SERGIO Y YO .

Cuando fue el momento oportuno, nuestros padres decidieron enviar a los tres hijos mayores para que cursasen los estudios secundarios en Traiguén. Collipulli no contaba con un liceo. Quedaron junto a ellos los cinco menores: dos que iniciaban la educación primaria y tres que aún no eran estudiantes.

Sergio, durante sus años de escolar llevó como lastre mis travesuras e ingenuidades. Consciente o inconscientemente mostraba su disconformidad y vergüenza por mis locuras. Entre éstas recuerdo que, al iniciar la primera preparatoria, en una escuela mixta, yo sentía atracción por una de las niñitas, Alicia Garbarini. Con más patas que un alacrán, pedí a la profesora permiso para  sentarme al lado de ella. La profesora aceptó el pedido. El pillastre se sentó al lado de Alicia y ella  inundó la sala con su silencioso llanto. De nada sirvió que yo le facilitase mi pañuelo. Fue peor. El llanto se hizo audible para todos. Al día siguiente, el precoz enamorado, tuvo que volver al banco bipersonal, junto al hermano cuyo rostro enrojecía de vergüenza

 La primera aventura del conquistador, había terminado en el fracaso. No sería el único ni el último. Se sentía dominador del mundo, pero la condición de conquistador era un peligro para la integridad femenina de 1935 y  tuvimos que cambiarnos de colegio. Así nuestros padres se evitaban muchos problemas. Nos acogió la Escuela Primaria Nº 1 para niños. Ambos hermanos seguimos como siameses inseparables, a pesar de que Sergio quería apartar tienda; pues  no quería seguir sintiendo vergüenza ajena. Defendió  valientemente su independencia pero tuvo que seguir soportándome.

En una ocasión, en clase con el profesor Suárez, éste preguntó al curso quién deseaba recitar.

Yo salté con la  pequeña mano alzada, gritando:¡ “Yo, señor; yo, señor!”, mientras mi hermano, decía entre dientes:”¡No seas tonto!”. Seguí incontenible, pidiendo que se me tomase en cuenta. Como era el menor del curso, el profesor para no quedar sordo, me hizo pasar adelante.

 Me planté  ante mis compañeros  y con mucho desenfado recité:

                              La gallina se agacha.

                               y el gallo sube.

                               La pesca del moño

                               Y la sacude.

                               ¡Huifa, ayayai! ”       

El éxito fue total. Todos reían. Gozaban como perros con pulgas. El profesor estimuló mi osadía. Sergio enrojeció de indignado, pero yo creía  haber hecho algo importante. De regreso al hogar, reclamó a nuestros padres: yo era incontrolable.

 Nadie sabía que yo disponía de un abastecedor  personal de cantos y cuentos. Custodio, el joven y pícaro jardinero gozaba cuando yo le contaba el éxito obtenido. Se reía a carcajada limpia al escuchar el relato infantil. Me felicitaba y estimulaba a desarrollar mis condiciones histriónicas. Me creía un vencedor.

Con la recomendación  de no decir su nombre a nadie, aprendí  relatos mezcla de luz, sombra y sexo, muchas veces incomprensibles para mí. Podría contar el milagro, pero nunca  el santo. Por cierto, jamás lo delaté. Guardé el secreto que sólo hoy he revelado.

Transcurrieron los meses, con ellos las clases de narración y canto. En una de éstas volvió a repetirse lo anterior. Apenas el profesor pidió un voluntario, salí disparado, a pesar de la oposición de mi hermano. 

Nuevamente empecé:

                                 La gallina se agacha

                                 y el gallo sube…         

Del fondo de la sala emergió una protesta colectiva: “Eso ya lo recitó. Está repitiendo”. El profesor Suárez impuso silencio. Me preguntó si esa poesía la había dado a conocer antes. Respondí que así había sido, pero que le había faltado una estrofa.         La contundente argumentación lo convenció. Se me autorizó para continuar. Allá seguí:

                                  “La gallina se agacha

                                   y el gallo sube.

                                   La pesca del moño.

                                   y la sacude.

                                   ¡Huifa, ayayai!”

               Y, con sin igual valentía, me lancé sobre la segunda estrofa:

                                 “Igual son los hombres   

                                  con las mujeres.

                                  Las pescan del moño,

                                  Y las sacuden...     

                                  Huifa, ayayai!”.      

 Como antes, los aplausos y risas se volvieron a repetir, mientras yo regresaba contento a mi banco: había cumplido una hazaña más.

Después de una pausa, hecha por el profesor Suárez para ponerse serio,  recomendó a los niños no repetir poemas o canciones obscenas aprendidas de la calle. Mucho tiempo tardé en comprender por qué era obsceno lo que  yo había recitado.Mi hermano no estuvo dispuesto a seguir cargando con mis desvergüenzas. Convenció a nuestros padres para que se lo cambiase con otro profesor a un curso paralelo. Así se hizo.

EL LICEO DE TRAIGUÉN        

La infancia se fue ocultando en el ayer. Se  abrieron las puertas de la adolescencia. Los hermanos mayores, Luis Emilio, Jorge y Raúl partieron un día a proseguir sus estudios de enseñanza media en  Traiguén. Allí el Gobierno del Frente Popular había construido, como en la mayor parte del territorio nacional, un moderno liceo de hombres y otro de niñas que, a comienzos de la década de los cuarenta, estaban considerados entre  los mejores establecimientos educacionales del sur de Chile. 

El   Liceo de Hombres ocupaba una extensión  de dieciséis mil metros cuadrados. Tenía un espléndido gimnasio y un confortable campo deportivo con amplias graderías; bien dotados laboratorios de biología, química y física  y un calificado personal docente y administrativo. 

El internado poseía cocinas amplias y aireadas, dotadas de artefactos nuevos y relucientes. En el  amplio comedor desayunaban, almorzaban y comían los internos, el personal administrativo y algunos docentes. El techo alto y luminoso, totalmente de vidrio, contaba con amplios cortinajes horizontales que impedían el paso de los rayos del  sol en los meses de estío.        

A este establecimiento acudían los hijos de comerciantes y terratenientes de buena parte de la región. Los sectores acomodados de Angol, Los Sauces, Purén, Lumaco, Collipulli, Victoria, Renaico, enviaban  a sus hijos a formarse allí. Los alumnos que residían en Traiguén, estudiaban como externos.

Existía sorda y permanente rivalidad entre internos y externos, tanto en  lo que se refería al  rendimiento estudiantil y deportivo como al éxito en  las conquistas femeninas. Entre los  externos había mayor heterogeneidad socioeconómica, pues muchos  procedían de hogares de modestos recursos, en cambio, un alto porcentaje de los internos  procedían de familias que contaban con mejor situación. No era extraño, por tanto que, en los fines de semana, los internos invadieran  las calles, luciendo sus cuidados trajes para atraer a las jovencitas del pueblo y a las del internado femenino. Celos, enemistades y golpes  surgían en el noble afán de la conquista amorosa.          

Las familias del pueblo cuidaban a sus hijas de los estudiantes del internado. Éstos sólo eran desconocidas aves de paso. Cuando terminaran sus estudios, regresarían a lejanos lugares. Se los consideraba verdaderos gallitos de la pasión: enemigos declarados de la virginidad femenina. 

La vida de internado de por sí no es fácil. Más difícil lo es para niños o adolescentes, hijos de familias que gozan de ciertas comodidades. El orgullo, la soberbia y el espíritu iconoclasta se manifiestan con energía cuando se ven sometidos a disciplinas y  normas reguladoras de la conducta. Algo de esto ocurrió con los tres hijos mayores de Luis Emilio y María Luisa         

No era corriente que en un internado hubiese tres hermanos. Por ese hecho les concedieron mayores garantías. Entre éstas les otorgaron habitación exclusiva. Equivocadamente, los hermanos lo tomaron como un derecho. Cuando, en ocasiones, llegaba un cuarto compañero de dormitorio, el trío fraterno lo consideraba intruso o soplón. En las noches de invierno, la habitación se llenaba de fantasmas y gritos profundos que venían  del mismo averno. Las frazadas y sábanas volaban enredándose en el cuerpo del nuevo huésped. El terror iba en ascenso. Ya no se trataba sólo del vuelo de la ropa de cama, sino de objetos más sólidos, como jabones, cepillos dentales, escobillas de zapatos y otros objetos  que iban a dar sobre el aterrado muchachito.   

 Fue bautizado  como el dormitorio del terror. El trío  impedía que llegase un convidado de piedra. Era reino  exclusivo de los hermanos. Cualquier desconocido que llegase a compartirlo, era un usurpador y tenía que sufrir las consecuencias. Al día siguiente, con rostros que reflejaban una  inocencia que hasta los mismos ángeles hubieran envidiado, los hermanos comentaban la noche de terror.

Tenían especial habilidad para ganarse la simpatía de los profesores, personal administrativo y compañeros de estudio. El Vicerrector, don Héctor Acuña Silva, que tenía bajo su responsabilidad el funcionamiento del internado, casi todos los sábados los invitaba a tomar onces a su casa, contigua al Liceo, donde vivía con su madre a quien llamaba con cariño “La Vieja Ignacia”. Se ganaron también el cariño de la  anciana. Gozaban de las exquisiteces que ella se esmeraba en prepararles y se revestían de una verdadera armadura contra cualquier castigo que algún inspector del internado pudiese atreverse a propinarles...                  Había valientes que se proponían, a sugerencia de algún inspector, sorprenderlos en sus diabluras, pero el trío se concertaba con otros estudiantes, tanto o más pillos. Uno de ellos era Ramón Samur, también collipulliense, el cual contaba con  seguidores propios. Siempre que les parecía que se había cometido  injusticia con alguno de ellos, dejaban caer el peso de sus maldades sobre el  responsable. Se erigían, por sí y ante sí,  en defensores de los más desvalidos o faltos de personalidad. Tal vez, en los hermanos,  ello era reminiscencia de la época en que fueron integrantes de la banda de Dick Turpin.

Sus vendetas recaían, generalmente, sobre uno de los inspectores: don Wenceslao Aedo: Wuencho en la  jerga estudiantil, el inspector  que más se preocupaba por mantener buenas relaciones con y entre los estudiantes. Era éste una  persona de contextura más bien gruesa, cuidadoso de la corrección en el hablar y en el vestir, que caminaba  muy erguido. Generalmente vestía un  traje café, impecable camisa blanca de cuello almidonado y una bonita corbata prendida con una refulgente perla. La tez morena, los lentes y el recortado bigotillo negro le daban el aspecto de una persona respetable. Y, en verdad,  lo era.

Desgraciadamente, cuando los hermanos y sus compinches estimaban que  aquél se había excedido en estrictez, se proponían hacerle imposible la existencia. Cuando los adolescentes captan debilidad en uno de sus profesores, inspector o personal de servicio, son implacables. Ello  se reforzaba en este caso por tratarse de un internado de pueblo pequeño que no ofrecía  muchas distracciones a los jóvenes. El tiempo libre era utilizado en inventar diabluras. Generalmente, Don Wenceslao era el pato de la boda. Eran implacables con él. Con una ganzúa, abrían la reja que daba acceso a   los dormitorios e ingresaban a la  ordenada habitación de don Wuencho. Entre las sábanas de su cama esparcían cerdas de escobillas de ropa que le impedirían dormir tranquilo y relajado. Otras veces, le hacían sábanas cortas o desordenaban totalmente  el impecable dormitorio.

 Antes de estas incursiones, los malandrines se sometían a juramento: había que prever las delaciones y la posible sanción.  En efecto, nunca se pudo descubrir a los responsables,  aunque todos conocían perfectamente  la identidad de  los mismos.

 El autor intelectual de las rebeldías era Mario Belmar, quien desde la sombra las dirigía y el mismo que se convertiría, en el futuro, en  destacado periodista nacional.

 Mario Belmar, Lucho Benavente y Ramón Samur, planearon y realizaron, entre los años 1938 y 1940  maldades que nadie delató.

Después de veintidós años,  con ocasión de una huelga del magisterio que se prolongó sesenta días, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, tuve oportunidad  de  ver a don Wenceslao Aedo en una reunión, entre los dirigentes nacionales del magisterio.  Lo vi desde lejos. Difícil que  él haya podido reconocer al menor de los cinco hermanos, al más niño y juguetón, convertido ahora en alto dirigente gremial.   Sin saber por qué razón,  no fui a saludarlo. Tal vez no tenía tranquila la conciencia. Sólo entonces vine a comprender que él no era un simple inspector de liceo, sino, además, un educador consciente y entregado a la lucha por una educación nacional realmente democrática y gratuita, tal como la concibió Don Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular. Hasta hoy, después de cuarenta y dos años, siento el dolor de no haber conversado con él. No supe aprovechar ese momento irrepetible de la existencia para expresarle  mi sincero reconocimiento. 

        No es fácil educar y formar a jóvenes que  provienen de sectores de terratenientes o de capas medias poderosas. En ellos, con más frecuencia de lo que pudiese pensarse, germina la soberbia, el exacerbado orgullo y desprecio por aquellos que no están situados en el mismo o semejante nivel social.  Se sienten el  ombligo del mundo. Consideran como vulgar y sin  importancia lo que no está en su misma esfera.  Don Wenceslao Aedo padeció intensamente nuestra prepotencia y soberbia juvenil. 

 No es que los  cinco hermanos y sus compañeros de estudios hubiesen sido perversos. Por el contrario, eran jóvenes  espiritualmente sanos, pero que, de una u otra manera, eran fruto de los antagonismos que la sociedad lleva en sus entrañas.

La extracción socioeconómica de los internos se exteriorizaba, en ocasiones, en subestimación de los compañeros externos que procedían de familias de disímiles niveles económicos en Traiguén. Era  difícil que se dieran relaciones de amistad entre  los internos y externos. Sin embargo, cuando se sabía que alguno de éstos tenía alguna bella hermanita, la cosa cambiaba. Se lo rodeaba con atenciones, procurando ser invitado a la  casa de  aquél. Como estudiantes, los internos obtenían mejores calificaciones no porque tuviesen mayor capacidad, sino porque, después  de las jornadas de clases, estaban sometidos a una estricta disciplina de estudios controlados. Y, sólo  después de hora y media se los autorizaba para la práctica de deportes y entretenimientos. En cambio, cuando los alumnos externos regresaban a su casa tenían que asumir  de inmediato responsabilidades allí.

No era un milagro el que los internos obtuviesen mejores calificaciones.  Ninguno de los hermanos y sus amigos de pillerías, era brillante en los estudios. Estaban en el promedio. De ellos, Raúl, el menor, era quien se concentraba más. Los cuatro, incluido Ramón eran excelentes basquetbolistas.  Lucho, Jorge y Ramón Samur, eran seleccionados del Liceo. Raúl y  Edmundo Samur, hermano de Ramón y futuro dentista, eran los mejores pimponistas junto a Ramón Gutiérrez.

 Las partidas de básquetbol entre el Liceo de Hombres y el Regimiento Miraflores de Traiguén, eran verdaderos clásicos. Unas veces ganaban unos; otras, los otros. No obstante el ardor con que se competía, siempre el enfrentamiento se caracterizaba por la caballerosidad y lealtad recíprocas. Esto ocurría en la época del Frente Popular,  de aquella coalición histórica integrada por radicales, socialistas y comunistas. Después de sesenta y tres años, cuesta concebir esa hermandad pretérita entre la civilidad y sus fuerzas armadas. Al parecer, quienes posteriormente usaron y abusaron del poder político olvidaron  que su fuerza nutriente se encuentra en las raíces del pueblo.

Cuando llegaban al hogar las calificaciones trimestrales los padres se sentían orgullosos del rendimiento y comportamiento de los hijos. Desconocían las barrabasadas de aquéllos y otorgaban atención preferente a las evaluaciones de carácter ético: conducta, responsabilidad, aseo, etc. 

Se desvivían por sus hijos tan alejados del hogar. Se conmovían hasta las lágrimas cuando llegaban  las tan esperadas cartas que, a veces, eran lastimeras: echaban de menos las comodidades del hogar y, frecuentemente,  se quejaban de la escasez o deficiencia de la comida. Por ello, cada quince días les enviaban una caja de veinte o treinta kilos repleta de comestibles: pollos asados, torta, tortillas al rescoldo, galletas hechas en casa. El trío  compartía  estos manjares con los compañeros más apreciados. Desde 1939 a 1941, fueron famosos esos envíos en el internado.

        Cuando los internos regresaban de vacaciones al pueblo natal, era todo un acontecimiento social, ya que eran varias las familias collipullienses que tenían a sus hijos estudiando en otras ciudades. Durante los primeros días del retorno y los últimos próximos a la nueva partida, los cinco hermanos menores  se sentían relegados a un plano secundario.

  Ajenos a las tribulaciones paternas, los hijos liceanos,  eran incansables en quejarse de las malas o escasas comidas  del internado. Los padres  intensificaban los envíos de cajas con alimentos, golosinas, ropas y dinero.  De algún modo había que complacer la voracidad de las sanguijuelas, pues  sabían responder  en los estudios y daban motivo para que los padres sintieran la satisfacción de que sus sacrificios  eran recompensados. Los hermanos menores, nos sentíamos estimulados con su ejemplo.

  Al inicio de la década de los cuarenta, partimos también al internado Sergio y yo. Ahora  éramos cinco  los hermanos que compartíamos la habitación en la que éramos reyes y señores. Todas las noches llegaba Don Wenceslao a desearnos las buenas noches. En días de relaciones apacibles se le respondía al unísono. En los oscurecidos por nubarrones, nadie respondía. A los  menores nos parecía  injusto actuar de este modo con un hombre  bondadoso y solícito, aunque tímido e  inseguro.

Pensar en las bellas muchachitas que estudiaban en el Liceo de Niñas de la ciudad, era obsesión de los hermanos mayores, especialmente de Lucho y Jorge; Raúl era más retraído y entregado al estudio. Como menores, Sergio y yo éramos ajenos al campo de acción.

En este momento de las vivencias, vuelven a la memoria los nombres de maestros, inspectores y funcionarios del Liceo de Traiguén. Moisés Lermanda, que enseñaba Castellano y era considerado por los estudiantes como el mejor profesor del Liceo. Al parecer era de ideas progresistas. El dictador Carlos Ibáñez ordenó relegarlo a la Isla de Más Afuera. El “Viejo Resta”  inolvidable profesor italiano de músico y canto. Era eximio violinista que llegó a Chile huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Cuando escucho a Pavarotti cantar el Torna Sorrento, O Sole Mío, su imagen vuelve a vivir. Waldo Retamal, Rector del Liceo, Héctor Acuña Silva, el generoso Vicerrector, que nos brindaba las exquisitas onces sabatinas junto a su madre. El profesor Raúl Madariaga que tenía a cargo un flamante laboratorio y llegó  a ser  Rector de uno de  los  más prestigiosos liceos santiaguinos. El Chico Domínguez,  profesor de Historia y Geografía; la Gringa Widmer, profesora de francés y alemán. El profesor de Física y Matemáticas, apodado “Lengua de Trapo Rodríguez”; Pedro Pablo Parra Pacheco, profesor de dibujo y matemáticas en los primeros años. Madame Zegers y su marido Mariano Castillo, profesor de Inglés, que fue durante muchos años  campeón chileno de ajedrez y uno de los mejores de América Hispana; el también profesor de inglés, Antonio Zamorano Baier, que  escribiera un pequeño libro referido a sus alumnos: “Gente Menuda”. Los Inspectores  Cabezas, el Huaso Alarcón, el alemán Kröeger,;  los cocineros  Mañungo, el Flaco Ferrada, el Guatón Romero y tantos otros que entregaron en sus correspondientes esferas buena parte de sí en la formación de nuevas generaciones.             

EXODO DESDE COLLIPULLI HACIA LA CIUDAD DE CONCEPCIÓN

Difícil era para nuestro padre alimentar familia tan numerosa. La educación se hacía cada vez más onerosa. A medida que crecíamos también aumentaban nuestras exigencias y caprichos. Veíamos correr el dinero durante todo el día y llenar cajas insaciables. Nos imaginábamos que todo ese dinero y el que proveía la tierra nos hacía ricos y poderosos. Teníamos una visión de sólo parte de la realidad, de esa realidad de luz y alegría infantil. La otra, esa de sombras y miserias, nos era desconocida y ajena. Papá hacía grandes esfuerzos para que no sufriésemos las privaciones que sus padres y hermanos padecieron. Todo, en silencio, se lo echaba sobre sus hombros. Trataba de evitar que sus hijos y esposa se impusiesen de sus dificultades para cumplir los compromisos comerciales y bancarios.

  De ese modo, entre juegos y rencillas fraternas, nos fuimos adentrando en el  otro mundo de sombras  y pesares que se nos trataba de ocultar. La realidad se nos iba desnudando a medida de nuestro crecimiento.

  Collipulli, como muchos pueblos insertos en medios agropecuarios, empezaba a languidecer ante el avance de la producción industrial. El pueblo no fue una excepción. Se empezó a ahogar en las aguas del Malleco y el comercio a perderse en sus serranías. Las nuevas generaciones emprendían el vuelo hacia otros horizontes. En tales condiciones se hacía difícil mantener  el nivel social y económico disfrutado hasta entonces. Había que despedirse de las entrañables “tierras coloradas” en que transcurrió nuestra infancia, y emigrar a desconocidas regiones de mayor desarrollo.

  Había finalizado la primera etapa de la vida de los culebroncitos. La infancia se iba alejando, sin que nunca nos  abandonara por completo: nos adentrábamos en la adolescencia. Se iniciaba otra fase plena de sorpresas y contrastes: mayores restricciones, angustias, dolores, hermosas amistades y bellos romances, nuevos horizontes.

   Atrás quedaban las tierras, vientos  y quebradas del Malleco. La geografía descendía ahora hacia el Pacífico. Uno de sus rincones, Concepción se aprestaba a acogernos durante algunas décadas. Era la ciudad de la que nuestro padre siempre nos hablaba. A ella se habían venido  a vivir sus padres, nuestros abuelos Amador y Nieves, junto a varios de sus hijos ya adultos. Allí llegamos.  La ciudad comenzaba a recuperarse de la destrucción dejada por el terremoto del 24 de enero de 1939 que asoló también Chillán, dejando más de ochenta mil muertos. Bajo el gobierno del Frente Popular se inició el proceso de industrialización del país que en Concepción alcanzó mayor dinamismo. Era una ciudad de alrededor de ciento cincuenta mil habitantes; enorme ante los ojos de   quien provenía de  un pueblo agrario de reducida población y precario desarrollo.

 Papá nos hablaba de la compra de una fábrica de cecinas. La palabra cecinas poco o nada nos decía. Pero cuando oíamos hablar de   “fábrica”  nuestra fantasía dibujaba chimeneas, largos corredores, bodegas, muchos trabajadores, mayores comodidades.

 La comercial calle Maipú, con sus gastados adoquines, estrechas y deterioradas veredas, nos acogió en una de sus grises y añosas viviendas ubicada en el número 269;  a tres cuadras de la sucia  y mal iluminada calle Arturo Prat. En el lado sur de ella, dando el trasero al BíoBío,  se hallaba la vieja estación ferroviaria de podridas maderas. Al abalanzarse la noche, oscuros y malolientes lupanares, convertían esta calle, desde O¢Higgins hasta Cruz, en centro del hampa  desbordada.

Era deprimente llegar a la ciudad en noches invernales. El agonizante alumbrado poblaba el ambiente de furtivas sombras. Los coches negros, tirados por caballos, conducidos por aurigas envueltos en gruesas y también negras mantas de castilla, acentuaban lo tenebroso y frío de la recepción. El olor de bosta diseminada era persistente. Las lluvias y vientos no eran suficientes para purificar la atmósfera.

Una pequeña plazuela en cuyo costado se alzaba el moderno Cecil Hotel que acogía a pasajeros de buenos ingresos, parecía una sonrisa de bienvenida. Su presencia era anunciada por un gran letrero de intensa y roja luminosidad. Aquí nacía la calle principal de la ciudad: Barros Arana.

Al amanecer, la calle Prat y sus alrededores eran una vasta planicie solitaria que empezaba a poblarse lentamente. Semejaba el bostezo del despertar. Borrachos tendidos en las veredas, durmiendo bajo la lluvia sus desenfrenos nocturnos, cubrían sus cuerpos con papeles, cartones o trapos. A su lado,  botellas vacías o quebradas, testimonios de noches de rencillas, juergas, orgías sexuales, muerte.

En la década de los cuarenta, Concepción empezaba de ese modo el día. A las siete, las sirenas de las fábricas iniciaban sus repetidos llamados y la vida empezaba a bullir en la ciudad. Los trabajadores acudían presurosos a la Maestranza Ferroviaria, a  las Cervecerías Unidas, a la Fábrica de Paños Concepción…

Las calles conservaban aún largos  rieles angostos y brillantes por los que, hasta hacía pocos  años, se deslizaran raudos tranvías eléctricos.  Ahora, los carruajes tirados por caballos diestramente conducidos por aurigas, se habían convertido en el medio de transporte fundamental. En  Prat entre O¢Higgins y Freire, se apostaban los que esperaban a los pasajeros de los trenes. Los coches más elegantes se situaban en  la Plaza de Armas, y, en la calle Caupolicán, entre Freire y Maipú, frente al vetusto y maloliente mercado de carcomidas maderas, los que conducirían a los recién llegados a otros sectores de la ciudad. 

La Fábrica de Cecinas “La Francesa”, ubicada en calle Maipú 269, fue adquirida por nuestro padre a un matrimonio francés. En realidad, era un pequeño taller artesanal en que se elaboraba la carne porcina. Contaba con un bonito local de ventas, atendido por el propietario y un ayudante. 

El lugar de faenamiento era una pieza grande con largos mesones de aceradas cubiertas. Contaba con dos grandes hornos para la cocción de las cecinas y una pequeña pieza para ahumar costillares, longanizas, choricillos y jamones crudos. El piso  encementado, contaba con tarimas de madera que mitigaban el frío en los días de invierno. Trabajaban allí  un maestro de taller, un oficial y un muchachito para las labores de aseo. 

Los días lunes y jueves, desde el Matadero Municipal traían los cerdos listos para su conversión en cecinas. En la tarde de esos días salían los chicharrones y los humeantes perniles y patitas.  El ambiente se inundaba del olor estimulante que emana de la carne de cerdo recién cocida. No era extraño que el local de ventas, después de las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche, se llenase con los trabajadores que retornaban al hogar. Al día siguiente las vitrinas aparecían colmadas de cecinas y los colgadores plenos de longanizas, choricillos y costillares. Humeantes salchichas o prietas de sangre porcina, recién cocidas y adecuadamente aderezadas, aparecían mágicamente sobre grandes azafates de blanca porcelana.

Al regresar de clases, los hermanos mayores nos turnábamos en la atención a la clientela para que nuestros padres pudiesen descansar o pasear.

Vivíamos  con suma estrechez. Una sola pieza grande dividida por dos tabiques de madera, daba la impresión de tres habitaciones. En ese reducido espacio había que distribuir nuestros somieres con soportes. No había lugar para los bronceados y bellos catres de antes. El sector más amplio era ocupado por la cama de nuestros padres y la de los cuatro hijos menores. El otro sector adyacente servía como dormitorio de los cuatro mayores. El tercero era ocupado por el mueble del lavabo, el lavatorio de fierro enlozado, dos jarrones del mismo material y dos recipientes para el agua usada y los orines de la noche.

 No teníamos  pieza de baño. Había un solo servicio higiénico, de uso común, muy poco salubre, que se hallaba al término de un estrecho y largo patio adoquinado. Para acceder a él había que salir al descubierto. En días de lluvia era necesario correr para llegar a él lo menos mojado posible. Nuestra sufrida madre y nuestra única hermanita las pasaban duras. Por varios años hubo que despedirse de las comodidades sureñas.

Se había llegado de un mundo en que los árboles eran estremecidos por el viento, en el que se vivió con  muchas comodidades y con personal doméstico para hacer las cosas de casa, jardineros y caballerizos.  Contábamos con amplios espacios en que generosos árboles frutales y  flores sabían de nuestros juegos, amores y rencillas de infancia.

La vida nos cambió sustancialmente. Ello marcó, para bien o para mal, nuestra adolescencia. Pero los padres cumplieron  con su objetivo principal: educar, vestir y alimentar a sus hijos. El vivir con estrecheces era secundario. Pero mamá sufría. Toda su vida estuvo  acostumbrada a ser servida. Ahora sólo se podía tener una cocinera y una doméstica. Los ingresos se hacían insuficientes. Hubo que prescindir de la doméstica. Mamá tuvo que asumir funciones que nunca antes había tenido. Nosotros, quieras que no, teníamos que ayudarla. Era un deber moral y una obligación. En estos menesteres aprendimos a tender las camas, hacer el aseo del hogar, barrer, zurcir nuestros calcetines, cambiar los cuellos y puños de las camisas,  planchar pantalones y ropa interior. Es decir, empezamos a depender más de nosotros mismos. Nos dolía ver el enorme sacrificio de nuestros padres para educar, alimentar y vestir a una familia tan numerosa. Sin necesidad de que nos dijesen nada, cada uno de los hijos procuraba ayudarlos. El cambio tan brusco de ambiente afectó nuestras vidas en formación. 

Especial  significado tuvo el nuevo  colegio.  Las confortables salas de clases del liceo de Traiguén,  sus talleres y laboratorios, las bondades de su internado y campo deportivo, los buenos  servicios higiénicos, no podían olvidarse. El enorme Liceo de Concepción, de vetusta y señorial construcción, había sido fuertemente dañado por el sismo de enero de 1939. Los escombros dificultaban el esparcimiento estudiantil en los grandes patios cubiertos Los malolientes servicios higiénicos, funcionaban en condiciones de insalubridad. Las lluvias invernales inundaban los pasillos y patios. El viento se colaba por los vidrios rotos. La humedad y el frío  calaba  los huesos.

Los dos amplios gimnasios cerrados eran más bien canchas de básquetbol  que lugar de ejercicios. Las condiciones en que funcionaba el Liceo eran  realmente deplorables. El internado se reducía a pabellones de emergencia cuya vida útil se prolongó más allá de lo deseable. Si a ello se agregaba la creciente demanda de los cupos estudiantiles, el cuadro era  realmente deprimente.

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