Texto de Mario Benavente
3.-LUIS EMILIO BENAVENTE.
Luis Emilio, el mayor de los catorce hijos de don Amador Benavente, mayordomo de un fundo de Yumbel, llegó a esa región del Malleco en busca de trabajo. Tenía que ayudar a sus padres para alimentar y educar a sus hermanos menores. Bajó del carro de tercera clase del tren de pasajeros en Collipulli, ya el dinero no le alcanzaba para ir más lejos. Así llegó al almacén de Don Ernesto.
El Gringo lo contrató para la limpieza de sus caballerizas y el cuidado de las bestias. Se le permitió vivir entre los fardos de pasto del segundo piso del amplio galpón donde se guardaban las vacas y caballares; aquello para Luis Emilio no era problema: venía de otras regiones agrarias donde el respeto al trabajador era ínfimo.
El mayordomo Amador y la bella y dulce Nieves, sus padres, le habían proporcionado una educación familiar en que la responsabilidad y amor al trabajo, eran esenciales. Cursó hasta la tercera preparatoria. No continuó dada la pobreza de sus padres.
Se desempeñó con esmero y diligencia. Muy pronto ganó la confianza del patrón. A los pocos meses fue promovido al cargo de empleado del gran almacén del Viejo Ernesto. Mejor trajeado y con un poco más de dinero en los bolsillos, atraía las miradas de las jóvenes pueblerinas. Tuvo cómo pagar una habitación. Había mejorado su calidad de vida.
Ahora podía mirar con desafiante mirada de conquistador a las niñas del pueblo. A los diecisiete años bien llevados era natural que así lo hiciese. Si no se apuraba, podría originar interpretaciones erróneas acerca de su virilidad. Los hijos del patrón, Alejandro y Lisandro, mayores que él y de corpulencias enormes, eran especialistas en lanzar corrillos que luego todo el pueblo tomaba como verdades. Luis Emilio, de naturaleza tranquila, no gustaba de tragos ni diabluras propias de hijos “bien”. No era quedado en las huinchas, pero no se sentía atraído por un mundo que le era ajeno.
En las noches de invierno, aceptaba las invitaciones de Alejandro y Lisandro para ir a las casas nocturnas de faroles rojos. Allí empezó a relacionarse con la gran sociedad del pueblo. Pasada la medianoche, se encontraban allí las autoridades y comerciantes de mayor importancia. De vez en cuando, donde “
Al acompañar a los hijos del patrón, Luis Emilio fue ganando prestigio de seriedad y hombría y, por tanto, el respeto de los hijos de hacendados y autoridades. Su sonrisa e innata simpatía ganaban pronto el favor de las jóvenes de aquellas casas de dudosa reputación y de las hijas de familias respetables.
En su red cayó María Luisa, la hija menor del patrón. A lo mejor quien cayó fue Luis Emilio. Desafió el poder del patrón y ... en la oscuridad de los rincones y sobre los fardos de pasto seco para los animales, preñó a la niña de dieciséis vírgenes veranos.
Con la mentalidad feudal tan propia de los terratenientes aquello era para matar al osado o, por lo menos, para arrojar del pueblo a ese advenedizo. Los hermanos de la joven intercedieron por el intruso. Al fin y al cabo, ellos también tenían responsabilidad en la preñez de su hermana menor. La abuelita Audolía con su paciencia de santa logró aplacar la furia del anciano. Llegó el perdón. Pero,...había que salvar el honor familiar ante las leyes de Dios y de los hombres. Y, así se hizo.
Luis Emilio Benavente Mardones y su joven mujer, María Luisa Paulsen Sánchez empezaron a tejer sus sueños. Siete sanguijuelas y una hembra aparecieron bajo el sol y la luna: Luis, Jorge, Raúl, Sergio, Mario, Oscar, María y Jaime.
Luis Emilio y María Luisa fueron construyendo su hogar. Cada dieciocho o veinte meses llegaba un nuevo hijo con un pedazo de pan bajo el brazo. Hasta la única hembra, María, se atrevió a asomarse para ver qué ocurría en el mundo. Harto le costó hacerla al pobre Luis Emilio, especialista sólo en varones. Pero el empeño de su mujer y la buena disposición del esposo para hacerle el favor, dio su fruto: una criatura de pelo negro y pálida piel cuyo llanto estremecía los muros y se esparcía por el planeta. Fue la bella que creció y se desarrolló junto a siete bestias, mansas y tiernas para con ella.
“Quien se casa..., casa quiere”, reza el adagio popular. El joven matrimonio apartó tienda. Había que desarrollarse con independiencia de la sombra tutelar del anciano Ernesto. Al parecer algo ocurrió para adelantar la decisión. Nunca se supo la causa. Lo cierto es que, por algunos años, nuestra madre nos tenía prohibido ir a la casa del “Viejo”, como ella, despectivamente, lo nombraba. Luis Emilio, nada decía. Su prudencia en el hablar y en el actuar eran opuestos a los de nuestra madre. Nunca nos prohibía visitar al abuelo que siempre nos recibía con cariño. Tras sus blancos mostachos y sonrosadas mejillas, la sonrisa irradiaba ternura para los nietos que su hija María y Luis Emilio le habían regalado. Sin decirlo, le dolía que su hija se los mezquinara. Esa misma ternura era proyectaba a los hijos de Alejandro y Lisandro, sus hijos varones. Su hija Elena no le supo dar nietos.
Como niños, sólo disfrutábamos el cariño patriarcal. No podíamos comprender lo que tras la personalidad del abuelo se ocultaba. Lo que nos contaban nuestro padre y el tío Juan, además de la experiencia, nos hizo comprender que esa amable figura era responsable de parte de la historia de expoliación a que se había sometido a los mapuches y a los trabajadores en nuestro país.
Contrariamente a lo que se pudiese suponer, nuestro recuerdo del abuelo amante de riquezas y poder, es de cariño y admiración. Fue capaz de grandes sacrificios personales y responsable de sufrimientos que produjo a otros, pero su conducta era expresión de una etapa del desarrollo socioeconómico del país del cual no era más que un pequeño engranaje.
Fuimos creciendo traviesos, pícaros y pendencieros. En nosotros, sin que tuviéramos conciencia de ello, se transmitían en diversidad de formas las tradiciones de los ancestros campesinos, a la par que la rebeldía mapuche. Nos fuimos desarrollando como hijos de nuestra tierra y de viejas tradiciones,
Los desvelos para asegurar la alimentación de tantas bocas familiares, el vestuario, la educación y la salud, eran ingentes. Nuestros padres cumplían con amor y quebrantos su responsabilidad. Papá entregó en ella su sacrificada existencia.
4.-
A mediados de la década de los treinta falleció la abuelita Audolía, anciana, bella y tierna, segunda esposa del abuelo. La primera, murió muy joven. Audolía tuvo que hacerse cargo de los hijos del abuelo Ernesto. Por esa razón, nuestra madre y sus hermanos la llamaban “mamá”. Ella los crió. Nosotros pasamos a ser sus nietos.
Mis recuerdos de ella corresponden a los de una anciana de dulzura infinita. Acariciaba mi cabeza acunándome en su regazo. Aun siento sus manos suaves recorriéndome el rostro, mientras su blanco cabello caía sobre mis hombros. Lo mismo hacía con mis hermanos. De verdad nos sentía como los hijos que su vientre no pudo engendrar.
En ella descansaba la vida del Gringo y el cuidado de los hijos. Sin embargo, nunca le prodigó el cariño que ella tanto necesitaba. Él parecía no darse cuenta de ello: esa era su manera de entender la relación entre el esposo y su esposa. Tal modo de subvalorar el rol femenino en la vida, se remonta a los inicios de las relaciones feudales. La sobrevaloración del hombre en la vida familiar y social asumía rasgos singulares en el caso de nuestro abuelo.
La última noche de su vida, la abuelita, como hacía cada día, llegó con el gran lavatorio enlozado, con salmuera tibia. Era algo habitual. Ella lo había convertido en auténtico rito. Lavaba los pies del esposo con delicadeza para no dañar esa piel blanca y fina. Demoraba alrededor de media hora en este menester. Enseguida con una toalla blanca secaba con igual esmero los pies del esposo. Tenía sirvientas para hacerlo, pero nadie podía quitarle esos momentos de intimidad. Ello agradaba al anciano. Esa noche, terminada su tierna rutina, se retiró a morir y se fue como había vivido, sin estridencias ni agonías, cristiana y silenciosamente.
Por primera vez, vimos cómo el llanto mojaba las barbas del abuelo.
Mientras ella vivió, soportó en silencio los maltratos del anciano. Sobrellevó con dignidad su prolongado calvario. La sonrisa ocultaba sus angustias y proyectaba amorosa dulzura a sus nietos e hijastros. Profundamente creyente, encontraba fuerzas en las oraciones nocturnas. A veces, nos pedía decirle a nuestra madre que necesitaba verla. Eran los momentos en que requería desahogar sus pesares. Amó y respetó al anciano con ejemplar abnegación
La existencia de la abuelita Audolía, fue la de una verdadera heroína. Nuestra madre tenía razón cuando decía que la abuelita “se había ganado el reino de los cielos”. Reconocía en ella una actitud heroica ante la existencia. Su figura se erige con rasgos de heroína por la sabia y paciente actitud para sobreponerse al carácter irascible del anciano. El heroísmo, además de los consabidos, conlleva valores como el amor al semejante, la honestidad, la abnegación y la sabiduría para comprender la función que cada uno desempeña en la vida social o familiar.
El anciano, al tomar conciencia de la muerte de su abnegada compañera, no pudo sobrellevar el dolor y angustia que trae consigo la soledad. Él había olvidado lo que era encontrarse solo en el mundo. Esa noche pidió quedarse a solas con la abuela y se acostó a su lado hasta el amanecer. ¡Pobre anciano! Nos producía compasión verlo en esas condiciones. No sabíamos que los gigantes también lloran.
La vida no se agota en el dolor; sigue su curso inexorable. A los pocos días, nuevamente el anciano se encontraba al frente de sus negocios, exigiendo con tanta o mayor inflexibilidad el pago de las deudas.
No fue extraño que el abuelo tratase de llenar su vacío existencial. Contrataba para su servicio jóvenes muchachas, las que pasaban a ser “chinas” para sus hijos. Ellas se preocuparon de sus últimos años. Le proporcionaron la atención que su soledad requería. Fueron recompensadas a pesar de la oposición de sus hijos para quienes “las chinas” nada merecían de parte del “Viejo”.
Ernesto no logró vencer la soledad. La ausencia de la esposa se le hizo insoportable, sólo dos años sobrellevó esa carencia: el viejo roble se desplomó para siempre.
5.- LOS DESCENDIENTES ADQUIEREN INDEPENDENCIA
El abuelo Ernesto no dejó testamento, pero sí muchas joyas, propiedades, animales, maquinarias, dineros y fundos. La mayor parte del dinero se encontraba depositado en bancos extranjeros y en
Apenas sepultado, los descendientes iniciaron las gestiones para impedir que una fortuna tan grande incrementase sólo las arcas fiscales. Eso al anciano nunca le importó. Él ya había hecho lo que la vida le impuso. A sus hijos directos sí que les preocupaba, especialmente cuando se dieron cuenta de que su padre no había testado. Esa fortuna no podía escaparse. tenían que ingeniárselas para disfrutarla. Ni tontos, aunque sí perezosos, decidieron la contratación de algún abogado con experiencia y prestigio en estos problemas. Se contrató al abogado Carlos Schnacke, hermano de un destacado dirigente político nacional de entonces y familiar de algunas personalidades políticas actuales, que ejercía, especialmente en Victoria y Temuco.
Hubo que hacer un testamento apócrifo. La herencia se repartió equitativamente entre los hermanos y se hizo devolución del fundo Santa Rosenda a sus legítimos dueños: los mapuches.
Difusas imágenes de ese entonces llegan a la memoria; la sensibilidad infantil capta hechos incomprensibles, que se hacen inteligibles con el pasar de los años. Reuniones entre los hermanos y el abogado se realizaban en nuestro hogar.
No fue difícil falsificar la firma del abuelo. En ese entonces no existían los peritos calígrafos. Todo resultó a la perfección. Cada hijo quedó con un fundo y con propiedades. De las joyas y dinero repartidos en diversos bancos y cajones de grandes y lustrosos muebles poco se supo. Aunque no se esfumaron. De una u otra forma se hacía sentir su presencia. Los mapuches recuperaron una pequeña extensión de su tierra. El abogado aumentó bastante su fortuna. Todos contentos.
Ni siquiera el monarca bíblico hubiese dispensado con tal ecuanimidad la justicia.
Hijos de tigre, tuvieron que salir rayados. En especial, los varones. En vida de don Ernesto, administraban los fundos del anciano. Pero, es verdad que más sabe el diablo por viejo que por diablo. El abuelo no les soltaba prenda. Si bien éstos, casados y con hijos, siempre estaban sujetos a la tutela paterna, desaparecido el anciano, dieron rienda suelta a todos los instintos reprimidos por tantos años. Ya no eran los hijos del patrón; ahora eran los patrones: ellos mandaban. Para eso contaban con el poder del dinero y con los milagros que éste hace.
El control que ejercían sobre el pueblo estaba sustentado no sólo en la fortuna, sino también en su gran corpulencia y, por si fuera poco, en el poderío indiscutible de la mayor parte de los terratenientes.
Buenos jinetes, les gustaba hacer ostentación de la calidad y belleza de sus animales. Siempre iban bien montados y bien trajeados sobre sus briosas cabalgaduras; figuras imponentes y seguras en sus incontrolables potros. Espuelas forjadas en la mejor herrería del pueblo, tenían un temple y sonoridad cuyas melodías se oían desde lejos. Durante el invierno, botas de ennegrecido y lustroso cuero les protegían las piernas hasta los muslos. Zapatos de montar siempre brillantes, tanto en verano como en invierno. Tacones altos ayudaban a acrecentar sus fornidas estampas. Les gustaba ser admirados por los lugareños. Eran osados y, no pocas veces provocadores, especialmente en los días de septiembre.
En la celebración de fiestas patrias lucían sus figuras de huaso sobre fogosas cabalgaduras. Después de beber algunas copas de vino, se ponían pendencieros y abusadores. Se los toleraba más por temor que por respeto.
No hacían distinción entre doncellas, casadas, viudas o solteronas. En especial, las jóvenes no podían sentirse seguras. Su virginidad se encontraba en riesgo cuando ellos se encontraban cerca. Hacían ostentación cuando desfloraban doncellas. Eran lachos hasta decir basta. Pensaban que las mujeres habían nacido para el goce de ellos y sus amigos. Se emborrachaban y se trenzaban en peleas descomunales. Si no tenían quién se les atreviese, peleaban entre ellos. Cuando los puños se les hacían poco, salían a lucir sus brillantes Colt y Smith & Weason. Intervenían los carabineros. Los hermanos volvían a juntarse para enfrentar al enemigo común, más numeroso aunque no tan fuertes. Llegaban refuerzos para detener a esos gigantones. Los sables y ramalazos se cruzaban con violencia. Había heridos. Eran detenidos. Pronto estaban libres otra vez y dispuestos a reiniciar sus andadas.
A los pocos días llegaban al retén policial suculentos regalos: vaquillas, corderos o chivos, algunas damajuanas de buen vino, tortillas al rescoldo. ¡Cómono se los iba a respetar. Había que aceptarlos tales como eran. Por algo eran los hermanos Paulsen!
Eran simpáticos, especialmente cuando estaban de buena. Gustaban de las bromas... siempre que ellos las hiciesen. Tenían una especial imaginación para ello, en especial el mayor, Alejandro. Creían en Dios y... también en el diablo. Pero abusaban del pobre señor cura.
Un día, Alejandro, en su fogosa cabalgadura entró galopando a la iglesia mientras el cura oficiaba la misa. En otra ocasión, entró al confesionario y castigó a las pecadoras con padrenuestros y avemarías.
Repartían hijos por el mundo. Un buen día, caminando por el viejo portal frente a
De esa forma, con increíble desenfado, redimía su conciencia. Se sentía liberado para continuar sus correrías, aunque ya la edad no le permitía demasiadas licencias. Solía decir que Dios había hecho a la mujer para que gozase y, al hombre, para hacerla gozar. Era una norma de vida que él la cumplía con fidelidad. No hacerlo era faltarle el respeto al Creador.
Él y su hermano Lisandro, tratándose de mujeres, parecían cortados por una misma tijera, aunque el mayor hacía ostentación de su virilidad, Lisandro era más recatado, pero cuando se salía de madre, perdía el control. En estas condiciones eran de temer. No hacían distinción entre doncellas, casadas, viudas o solteronas.
Amigos de sus amigos. Patrones de sus peones. Los pagos en especies o en dinero, ayer como hoy, siempre eran escasos e insuficientes para los trabajadores. Los grados de explotación en los sectores agrarios y rurales no tienen limitaciones.
Las leyes laborales no son, como dicen quienes gobiernan, para beneficio de los trabajadores, sino esencialmente para los patrones. Cuando algún peón o inquilino pedía el respeto a sus derechos, eran despedidos con pitos y cajas. Tenían que alejarse de la tierra con toda su familia, generalmente numerosa, sin siquiera recibir pago. Incluso eran perseguidos por las fuerzas del orden, acusados de robo.
Y se iban por los terrosos caminos del sur, cargando con los hijos más pequeños. Atrás, la mujer, con las cosas de un hogar ya ido. Sus figuras se iban diluyendo a la distancia, hasta ahogarse en ella. Después... nada. De ésos no había que preocuparse. Ya encontrarían la sombra de otro árbol protector.
Los golpes, puntapiés, castigos y vejámenes a los trabajadores de la tierra y de las casas patronales, de la ciudad y del campo, eran una rutina, algo normal en las relaciones laborales.
Los hermanos Paulsen no eran, ni mucho menos, una excepción. Lo mismo hacían los terratenientes del sur, del centro y norte del país. Los Smitmans, en Los Sauces, los Sáenz en Cautín y Malleco, los Benavente en Linares, son nombres diferentes, de una misma forma de explotación del campesino chileno. Eran expresión del sistema de tenencia de la tierra, que llega en formas diversas, hasta la actualidad en la mayor parte de los países americanos y de otros continentes.
La enorme fortuna patriarcal, agua en las manos, se fue escurriendo. Sus descendientes directos se encargaron de gozarla y sufrirla. Más de aquélla que de ésta. Y se fue yendo como el tiempo.
En treinta años los fundos, propiedades y sitios pasaron a otras manos. El patriarca, sin visión de futuro, sólo vivió para y por el dinero. Creía que una vez conseguido tenía existencia perdurable y capacidad de reproducirse por sí mismo. No se preocupó de la formación educativa y cultural de los “culebrones” que terminaron por devorar la riqueza paterna, lo que no era extraño en las primeras décadas del siglo veinte en este rincón del planeta. En el ocaso de sus vidas no les daba ni para lagartijas,
Ambos hijos varones se rodeaban de amigos, generalmente hijos también de terratenientes o de árabes, a quienes el pueblo llamaba “turcos” y que habían llegado como comerciantes a ese pueblo. Los hermanos Samur, por ejemplo. ocuparon con sus tiendas de géneros y ropa, una cuadra completa que no se sabe por qué era llamada “la cuadra inglesa”. Miguel, José, Jorge, Amador, Antonio Samur, se hicieron de fortuna y se preocuparon de proporcionarle una buena educación a sus hijos. Algunos, además del comercio, se dedicaron a la adquisición de tierras. Echaron raíces en ese pequeño pueblo agrario mientras los otros emigraron a ciudades en busca de futuro.
Los hijos de hacendados mostraban su virilidad en las casas de remolienda. La de “
Era difícil sacarles un centavo para el bienestar de la comuna. Pero cuando se trataba de comer en el Club Social, los fines de semana, y, a veces, durante la semana, comían y bebían como Dios manda.
Siempre eran bien recibidos por el genuflexo concesionario y los mozos del lugar. De los potentados del pueblo, eran los predilectos, no sólo por lo que consumían y pagaban, sino también por las dadivosas propinas.
Al término de las suculentas y bien rociadas comidas de mariscos, cerdos, vacunos, pájaros y aves, había que despedirse hasta la próxima. Las copas de fino cristal cruzaban el espacio y se desintegraban al chocar contra las murallas. Quien dejaba una de ellas intacta, era poco hombre. Había, por lo tanto, que demostrar la hombría. Pedían la cuenta y sin chistar... pagaban. Eran buenos y generosos los hermanos Paulsen, hijos del Culebrón y amigos de Satán.
Con sus cuerpos bien comidos y bien regados por el buen mosto, se tornaban pendencieros. Había que permanecer alejado para evitar sus provocaciones. Pero, tanto va el cántaro al agua... Ya en la etapa otoñal de sus vidas, el menor de ellos, Lisandro, encontró su Waterloo. Harto se lo había buscado.
Con algunos tragos en el cuerpo, en el mismo Club Social, empezó a fastidiar a algunos comensales. Dada su corpulencia...abusaba. Le dio por molestar a un joven moreno de atlética contextura. El aludido trató de rehuir la provocación. Había mucha diferencia de edad. Lisandro parecía no tener conciencia del paso y peso de los años, además el alcohol lo hacía envalentonarse. Ante la grosera insistencia, el joven se levantó lentamente de su silla y le propinó dos golpes en el rostro que dieron con la voluminosa figura bajo las mesas del Club Social, al igual que el Guatón Loyola de la conocida cueca. Se incorporó. Un mozalbete -según él- no podía faltarle el respeto a un Paulsen. Dos golpes más y dieron cuenta definitiva del culebrón que ya no daba ni para culebroncillo.
Lo que no sabía el pobre tío era que ese joven, de apellido Matthei, era un auténtico atleta y dos años antes había sido seleccionado nacional de básquetbol, junto a los hermanos Marmentini, Moreno, Bernedo.
Esa triste experiencia, marcó un hito en la historia del pueblo. Se iniciaba la decadencia del poder matonesco de los hermanos Paulsen.
Se tranquilizaron sus ánimos. Al parecer, empezaron a comprender que ya no eran los de antes. El tiempo transcurre implacable y ciego, sin respeto a nada ni a nadie. El débil y el poderoso se hermanan en el incesante transcurrir. Se empieza a tomar conciencia de que la capacidad orgánica y mental se va desgastando lenta e inexorablemente.
Ya no se es el dominador del mundo, macho conquistador, aventurero contumaz, incansable e insaciable. Es la etapa en que se produce la disociación entre el querer y el poder hacer, entre el deseo y la posibilidad de ser. Es el momento en que hay que recogerse sobre sí mismo y entregarse a la interioridad del hogar y de la familia y, si es posible, del pensamiento.
Las esposas e hijos son los más felices en esta fase de recuperación del padre. Aunque éste vuelva debilitado física y moralmente, se le tiene más próximo y querido. Se le tiene cerca como esposo y como padre y, a veces, hasta como amigo.
Al menos eso ocurrió con estos hermanos. Se les aprendió a amar y a sentir como seres más próximos al interior familiar. Se les amó, porque se les pudo comprender como seres humanos.
Ya sin la fuerza omnímoda del dinero, se tornaron modestos, aunque sin abandonar jamás sus orgullos ancestrales.
La inteligencia del otrora caballerizo yumbelino, hizo entender al mayor de sus cuñados que en la educación de sus hijos estaba la mejor inversión de su ya menguada riqueza. Lisandro nunca lo quiso entender.
Hoy, las bellas hijas del mayor de los hermanos Paulsen, son distinguidas profesionales. Su único hijo varón, apolíneo macho, ya jubilado de una oficina pública del pueblo de su abuelo, desliza su plácida vida entre la ternura de su hogar y la de sus amantes. Hijo de tigre...





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