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VIVENCIAS DEL PASADO (I)

Enviado por Mario&Nimia el 01/02/2010 a las 23:38

Texto de Mario(2005)

Cuando la vida avanza ya por sobre los setenta años, se la comprende mejor. Es mucho más compleja y difícil de lo que uno pudo imaginarse en la juventud, aunque  no menos hermosa de lo que pudo  creerse. Tras  la vasta experiencia, ella se revela inasible e  insondable. Lejanas imágenes que se creían perdidas se apresuran a revivir. El pensamiento no puede contenerlas. Cada una exige su derecho a la vida.  Son decisivas en el aquí y en el ahora. No existieron en vano. Gracias a ellas llegamos a participar en el presente.

Estos escritos son autobiográficos. Los nombres que en ellos aparecen, como los acontecimientos narrados, corresponden a personas y sucesos reales. Todos, de una u otra forma, reflejan trozos de la historia de Chile y latinoamericana. Gran parte de las personas nombradas ya no existen, pero sí algunos de sus descendientes. Más de alguien se sentirá incómodo con el relato de estas vivencias, pero la verdad, aunque duela, siempre será verdad. 

1.-COLLIPULLI,  TIERRA ENROJECIDA

          El enmohecido y vetusto puente ferroviario sobre el río Malleco, se impone en el origen de las vivencias. Sus metálicas estridencias y el incansable dialogar de las aguas, quiebra el silencio de las quebradas y quilas. En la primera mitad del siglo XX fue orgullo nacional. Muy pocos saben que en el extremo sur del viaducto, a cien metros de altura, hay una placa metálica en la que se recuerda que fue construido conforme a los planos elaborados por Eiffel, el mismo que hiciera los planos de la torre que lleva su nombre en París. En Francia, esa torre es un verdadero emblema nacional de la cultura. En Chile, este bello e imponente viaducto está casi abandonado y relegado al olvido. El óxido corroe su estructura. Al parecer, los países desarrollados tratan de preservar los grandes valores de su cultura. Los países dependientes, por el contrario, en aras de un llamado progreso o modernidad que no es más que un proceso de imitación y subordinación transcultural, destruyen aquellos valores que han costado sangre y vida a los trabajadores que los forjaron. 

         Desde las hondonadas del Malleco ascienden voces y gritos  ancestrales de niños en sus juegos. El pasado retorna enriquecido. En esas tierras cobijadas por las azulosas montañas de Chihuaihue inició su germinación el futuro de nuestra infancia.

Collipulli la llamaron los hombres de la tierra. De  su arcilla enrojecida y de la paja seca, entremezcladas, empezó a crecer el pueblo. Rincón de  casas de perfumado adobe donde los vientos y lluvias invernales hacen de las suyas y el calor estival es implacable con sus sequedades. Los aromos, sauces, álamos y eucaliptos refrescan y rompen la monotonía del paisaje. Las araucarias se abalanzan hacia el cielo, los pellines y robles entrelazan sus ramajes y raíces. En sus humedades, los helechos cobijan variada fauna.

La historia del pueblo habla de mucha sangre derramada.

Llegaron allí  los usurpadores de tierras, europeos y criollos, diseminando despojos y crímenes que la historia oficial silencia.

La memoria del pueblo - si bien acallada- nunca olvida. Se trasmite de generación en generación. No es odio, sino sed de verdad y justicia. El  huinca  conquistador y el huinca colonizador dejaron sus huellas indelebles. No es casual que la tierra sea roja. Mucha sangre indígena regó los surcos donde germinó la semilla cuyo fruto le fue ajeno.          

2.-EL  GRINGO  ERNESTO

En este rincón en que el tiempo  queda enredado en  los follajes, apareció un día -con una mano atrás y otra adelante y con la timidez del que nada tiene- quien llegaría a ser, para bien o para mal, Ernesto Paulsen,  el abuelo familiar de ancestros vikingos.

Una canasta de mimbre colgaba de sus manos. Los panes recién horneados sensibilizaban el olfato de los pueblerinos. Así inició su vida en Collipulli. Muy pronto, los panes amasados por sus manos, se abrían de par en par y en ellos resbalaba un pedazo de carne asada.

Los sánguches calientes y la mezcla de merquén, ajo, perejil o cilantro y un poco de vinagre, estimulaban el apetito y también la sed. Se hizo imperativa la jarra de vino tinto.

 La vieja cesta de mimbre, el mantel blanco que protegía el calor de los sánguches picantes, además del vino, se hicieron fieles cómplices del joven extranjero. Con ellos  fue amasando su riqueza.

La humilde pieza arrendada  -de piso de tierra y murallas de adobe-  le servía de alojamiento, comedor, cocina y lavadero. A los pocos meses,  sus ahorros le permitieron, comprar el amplio sitio, poblado con árboles frutales. Esa casa inicial, dio paso a otras casas y nuevos sitios.

  El abuelo se dedicó a comerciante. Instaló un pequeño negocio. Las ventas le fueron propicias. Se fue enriqueciendo. Los tiempos habían cambiado y también su modo de pensar. Gracias a su esfuerzo y sacrificio se había hecho de una pequeña fortuna. Era inteligente y “veía bajo el agua”. Pronto       comprendió que ese reducido capital podía ser incrementarlo. Muchos lo hacían, ¿por qué él, Ernesto Paulsen, no podría hacerlo? Las ventas al contado de su negocio, si bien importantes, se limitaban a sectores reducidos de la población: empleados, profesores primarios, escolares, algunos funcionarios públicos. Las ventas debían ser expandidas  a los sectores con menos recursos que son los que, curiosamente, dejan mayores ganancias.  En sentido estricto, las ventas de contado eran mínimas. No tenían más que el nombre. Los profesores, funcionarios públicos y algunos seleccionados artesanos, tenían libretas semanales o mensuales. Es decir, se les entregaba la mercadería fiada a una semana o a un mes de plazo. Por consiguiente, los fines de semana y, en especial,  los  fines de mes, pagados los sueldos, las ventas aumentaban en grado considerable  y, por tanto, las utilidades del “generoso” comerciante.

  Don Ernesto se propuso atraer a los sectores más desprotegidos: campesinos, inquilinos, artesanos, mapuches y afuerinos. Les abrió la posibilidad de comprar las mercaderías a un año de plazo. Ya no se trataba sólo de alimentos y telas, sino, además,  semillas, abonos, arados de madera o hierro, herramientas de cultivo o herrería, y otros objetos, como victrolas y radios,   que la incipiente técnica empezaba a mostrar en el país del agro.  Así, a estos sectores sociales les  resultaba fácil adquirir objetos o productos que de otra manera les eran inalcanzables. Pan para hoy, hambre para mañana. Parecían olvidar que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. ¡Qué diablos ... Dios así lo quería. Había que respetar su voluntad! El plazo se cumplía en los meses de enero y febrero en que se cosechaba el trigo, la avena, el maíz, las hortalizas. Las deudas debían pagarse en la primera quincena de marzo.

Las cosechas son, generalmente, malas para el pequeño productor. La imposibilidad de pago, permitía al abuelo hacerse de parcelas y fundos.

El Gringo dejó de ser tal. Ahora era “Don Ernesto”, con ese “Don”  sumiso con que el trabajador del campo se dirige al patrón.

El nuevo potentado se movía como pez en el agua. En su ignorancia se integraba, sin pretenderlo, a las tradiciones de la insaciable oligarquía terrateniente del país, esa misma que, con nuevo ropaje, tanto daño y dolor continúa esparciendo sobre la mayor parte del territorio latino y anglo-americano.

Los pacos, carabineros de entonces, desempeñaban un activo rol en favor de los terratenientes y señores. El sargento y el cabo eran las autoridades máximas del retén. El pueblo no daba para funcionarios de mayor grado. De humilde extracción social, en la intimidad del hogar eran, por lo general, hombres buenos y modestos. Apenas si sabían leer y escribir. Cuando se trataba de cumplir órdenes y ponerse al servicio de los patrones, se transformaban en bestias insaciables tras la presa.

En la década de los veinte y mediados del treinta, el viejo Paulsen los supo utilizar. Después de cada operativo nocturno en tierras mapuches, llegaban vaquillas o corderos y más de alguna damajuana de buen tinto al pequeño retén. Los billetes de cinco o diez pesos iban destinados a las manos del sargento y del cabo; las grandes monedas de a peso eran  para el paco raso. Eso no era corrupción. Era sólo una  forma de agradecer los servicios prestados. Así, el terrateniente aparecía generoso y los pacos dispuestos a nuevas “hazañas heroicas”  para saciar la sed de tierras de los terratenientes. Es la moral que el poderoso impone.

          En Collipulli  fue el viejo Paulsen. En Victoria lo fue el doctor Cristóbal Sáenz; en Los Sauces, los Smitsman; en Traiguén, los Widmer; en Los Ángeles, los Pugas y los Bunster.  Nombres  distintos  y  semejantes  en  desmedidas ambiciones de riqueza y poder, se repetían en las diversas regiones del país. El desprecio a los trabajadores les era consustancial. Eran pocos, pero con mucho poder económico y prestigio social, se convertían, a través de testaferros y organizaciones políticas conservadoras y liberales,  en los verdaderos dueños de la vida nacional.

El rápido e incesante incremento de la riqueza  del abuelo Ernesto, era incomprensible para la mentalidad campesina del lugar. Al calor de la lumbre, en modestos hogares, en frías noches de invierno, nacían leyendas y mitos. El mate cebado con verde yerba argentina estimulaba la fantasía, mientras las churrascas se cocían al rescoldo para recibir el queso derretido en una paila ennegrecida. Don Ernesto, con la picardía abusiva  propia del poderoso para con la servidumbre, la fomentaba.

Su pequeño almacén había dado paso a uno enorme,  equivalente hoy a un supermercado. Era el centro comercial del pueblo. En él se  vendía la más increíble variedad de mercaderías. Allí iba el escolar tras su cuaderno, goma y lápiz. Las dueñas de casa de pequeño y gran pelaje, adquirían todo lo necesario para el sustento familiar, ornamento y renovación de su vajilla, las telas para sábanas y trajes llegados de diversos rincones del planeta. Los sastres se proveían de las más finas telas inglesas. Era un centro en que todo podía encontrarse con la condición del pago “contante y sonante” o de “fiado”

Los mapuches, acudían en busca de la semilla. Los patrones  y administradores de fundos, a adquirir  arados de fierro, semillas, abonos, herramientas, herraduras, clavos, alambre para los cercados, fierro para las construcciones, alambres de púas para los linderos del fundo. Las carretas, arrastradas por el paso cansino de los bueyes, eran los medios de transporte y carga. Los patrones y administradores se desplazaban en briosas cabalgaduras con finos aperos.

          Años después aparecieron los primeros camiones traídos por una nueva generación de hacendados. La vida pueblerina, sin perder su perezoso transcurrir, empezaba a hacerse más rápida. Eran los tiempos en que los dueños de fundo vivían aún en sus tierras y se preocupaban directamente del cultivo y de la ganadería. El trigo, la avena y, en menor proporción, el maíz, eran los principales productos de esa zona. La carne bovina, ovina y equina eran,  por cierto, de amplio consumo. La horticultura no lograba abastecer la demanda, mientras las bodegas patronales se colmaban de verduras y pasto para el alimento invernal de  sus animales.

Al almacén del abuelo Ernesto,  llegó un día una modesta mujer costurera, habilidosa en el hablar y en el pelambre. Era admirable la capacidad que Dios le había dado para desollar  al semejante. El Gringo -que ya había dejado de ser simplemente Ernesto Paulsen-  mientras  sus empleados atendían a los parroquianos, se entretenía con una pequeña culebra que unos mapuches le habían regalado como talismán. Conocía a sus clientes tanto  como a sus propias barbas. Tenía especial predilección por la modesta mujercita. No se vaya a pensar mal del pobre viejo. No lo atraía ella por ser mujer. Le interesaba su facilidad para expresar sus fantasías a través del rápido e infatigable hablar en el que las palabras se enredaban. Hablando claro, Paulsen tenía necesidad de jugarle a la doñita, ¡y quien no!, una mala pasada, por lo lenguaraz y copuchenta.

Con sus envejecidos y bien vividos sesenta años, se le acercó y le preguntó si le gustaba esa culebrita. Le dijo que el Diablo se la había dado para que se hiciese rico: era el pago recibido  por sus innumerables favores a Satán.  Verla, terror, grito y carrera fueron sólo un acto. La mujercita, meándose, gritaba: ¡El culebrón, el culebrón!  Detrás de ella corría el viejo pícaro, balanceando la culebra como bandera al viento. Desde entonces, el abuelo Ernesto Paulsen, se convirtió en “El Culebrón” y sus descendientes  en... “culebroncitos”. 

La imaginación popular es tanto o más fértil que la misma tierra. La pequeña culebra dejó de tener sus rasgos naturales. Pasó a ser “el culebrón de oro”. Era el mismísimo culebrón con el que el Malulo recompensaba al anciano por la colaboración prestada. Ella cuidaba que a su protector nada le ocurriese y contribuía a acumular su riqueza.

         Todos los días  -según contaba la gente-  a la medianoche, en una pieza secreta a la que tenía acceso sólo el anciano y su culebra, más un desconocido  señor delgado, de ropas oscuras y cuernos sobre su cabeza, se producían extraños rituales. El olor a azufre era insoportable.

        En la escuela, un niño de apellido Álvarez, hijo de la pobreza, aseguraba  y “juraba como hombre”, que había visto una de las tantas reuniones entre el viejo Paulsen y el demonio. Al pasar por fuera de la bodega de Don Ernesto, a medianoche, un olor a azufre salía de allí hacia la calle. Por una rendija pudo ver que,  en el medio de la pieza, sobre la cubierta de un tarro grande de aceite, entre finas pajuelas brillaba el culebrón que era completamente de oro. El Malulo hacía extraños movimientos y sonidos, mientras Don Ernesto recibía muchas monedas de oro. Entre ambos existía un pacto de sangre. En esa virtud, la vida del abuelo le pertenecía al Malulo. Según el pequeño, esa escena le dio mucho miedo y salió corriendo, “patitas pa que te quiero”.   

Era una de las tantas leyendas acerca de la riqueza del viejo Paulsen. Por fin se había encontrado la madre del cordero. El secreto del Gringo había sido descubierto.

Los pobres hijos y los inocentes nietos, aunque ni tan   pobres ni tan inocentes, cargaron por muchos años con la leyenda del culebrón de oro y del trato de sangre con Satán.

Realmente, Don Ernesto, con buenas y malas artes, más con éstas que con aquéllas, forjó una  considerable fortuna.

Durante años, a mediados del mes de marzo, empezaban a llegar carretas tiradas por bueyes, carretones empujados por enflaquecidos caballos, carros de mano, carretillas. Se detenían en la calle o en sus cercanías, donde hubiera espacio. Descargaban sacos de trigo, avena, cereales, cerdos vivitos y coleando, corderos, ovejas, pavos, gallinas, huevos, hortalizas, caballos, bueyes y crías. Esas tardes de marzo, en que la canícula adormecía el ambiente e invitaba a la siesta, el ambiente se llenaba de balidos, cacareos, gemidos de bestias, revolotear de alas y hedores. El sol implacable parecía deleitarse. Fue una experiencia que se grabó para siempre en el recuerdo infantil.

Había que pagar lo que la generosidad “desinteresada“  del viejo les había entregado. Cuando las cosechas no daban para cancelar en cereales o animales, había que hacerlo en propiedades, sitios o tierras productivas. En caso contrario, se cerraban las puertas del crédito. El apacible rostro bonachón se transformaba. De sus entrañas surgía el dios mitológico devorador insaciable. El enojo borraba en él todo vestigio humano. Hasta sus blancas barbas parecían erizarse. El enojo se convertía en irritación. Perdía el control de sí. Era una bestia enloquecida. Había que temerle, mientras su negro bastón de empuñadura de plata golpeaba  incesante el piso. En esos momentos lo mejor era guardar silencio. Agachar la cabeza y retirarse retrocediendo con lentitud, no sin antes dejar al veterano lo poco o nada que traían.

 Los poderosos del agro tienen, quizás por qué, esa extraña particularidad. Son capaces de los más abominables crímenes con tal de no soltar prenda a quienes  amasan su riqueza.     El anciano nunca perdía. Si no había pago en dinero o especies, lo había en propiedades. Para eso disponía de los pacos que hacían cumplir los requerimientos del poderoso. Hoy, con formas y nombres distintos, siguen llegando con sus pobrezas a pagar al poderoso que lo reemplazó.

          En ese entonces, en poblados pequeños, no existían las instituciones bancarias de la actualidad, apenas la Caja Nacional de Ahorros, pero en dimensiones más reducidas que las actuales, y no menos deshumanizadas. Los pequeños y medianos productores, profesores y distribuidores eran, como lo son hoy en mayores proporciones, acosados y perseguidos judicialmente cuando no podían dar cumplimiento a sus obligaciones. Así los usureros acumulaban  riqueza.  

  El abuelo Ernesto también fue usurero. Claro está que era un tanto más flexible que la Caja Nacional de Ahorros. Admitía el pago en bienes muebles o inmuebles sin mucho papeleo y tramitaciones burocráticas. Eso sí, el pago de la deuda no admitía espera y... había que pagar. Era algo digno de ver cómo los ojillos del Gringo brillaban sonrientes mientras se iban acumulando los objetos en medio del incesante cacareo de las gallinas encerradas en canastos de mimbre, con sus cuellos sobresaliendo de las arpilleras que las cubrían.

La avidez de riqueza daba sentido a la vida del anciano. Sentía especial fruición en contar el dinero, los enseres  y propiedades que pasaban a sus manos. Había que invertir en joyas, oro, casas, animales y tierras agrícolas. Los días domingos o festivos, en la tarde, se encerraba en su espacioso y bello comedor. Sobre la amplia mesa cubierta con un grueso mantel verde oscuro, vaciaba sus cajas de joyas y dinero obtenido durante la semana. Cortinas de grueso hule granate que se enrollaban automáticamente, impedían el paso de la luz del día o las miradas de curiosos que desde la calle pudiesen ver al interior. Siempre el salón-comedor se encontraba en penumbras. Apenas si una lámpara alumbraba el lugar en que contaba sus haberes. Era un espectáculo verlo ahí, siempre solo, concentrado en el dinero y las joyas obtenidas. Sus ojillos brillaban golosos sobre esos metales a los que tanto amaba. Era un avaro.

La sangre de sus ancestros vikingos lo hacía insaciable. Tenía hambre y sed de riqueza. No podía olvidar su pasado miserable. Ahora, con su creciente riqueza   se sentía poderoso, y dominante en la región. Poseía el poder que el dinero otorga. Todos se inclinaban reverentes ante su presencia. Su figura patriarcal infundía respeto, pero, con razón, se le temía. Al parecer esto le agradaba.

De caminar lento, apoyado en su  bastón de empuñadura de plata, cuidaba cada uno de sus pasos para no pisar en falso. Al parecer ése era su modo  de ser. En cuestiones de negocios y dinero, no daba pasos en falso.  

Era respetado por las autoridades comunales y la población. La mayor parte del pueblo, hasta la justicia local, estaba endeudada con él. El dinero es siempre respetado. Hasta se le venera y rinde culto. Mientras más se acumula, su dueño se hace más poderoso y soberbio.  

Las mujeres temían al anciano. Los niños se asustaban. Los pacos le obedecían. Los mapuches veían en la  figura patriarcal de barbas y mostachos blancos, a un prestamista generoso y a un  implacable expoliador y usurpador de tierras cuando había que cobrar. Más de una de sus haciendas fue arrebatada a sangre y fuego a los hombres de la tierra.

En las primeras décadas del siglo veinte subsistían, al igual que hoy en vastas regiones del sur, formas de usurpación de  tierras indígenas. Antes lo hicieron los colonizadores, después los terratenientes; en la actualidad, las trasnacionales que cuentan con el respaldo de  una espúrea juridicidad  racista.

En las noches de invierno, protegidos por la lluvia y la oscuridad, el Viejo Paulsen  y sus  hijos varones, respaldados y defendidos por contingentes de pacos, colocaban alambradas de púas, estableciendo su propiedad y poder sobre tierras de mapuches. Para eso el Notario del pueblo prestaba su firma y fe. La propiedad sobre la tierra quedaba legalizada a nombre del usurpador.       

  En la cultura aborigen existe el derecho consuetudinario sobre la tierra: ella pertenece a la comunidad. Las cercas limítrofes son ajenas a su cultura. Pero la colonización y usurpación de ellas fue legitimada por una  legislación que establecía la propiedad privada de extranjeros y criollos poderosos. El país fue sembrado de alambradas de púas, en especial desde el centro al sur. (Luis Durand, en su novela Frontera, se refiere a esto. Lo mismo un número de la Revista “Mi Patria”, editada entre los años del 50 al 60 por ex militares retirados. Desde el punto de vista patronal, Eduardo Barrios, en su novela “Gran Señor y Rajadiablos”, muestra la prepotencia y modo de ser de los terratenientes).  

       No fue por casualidad que uno de los fundos adyacentes al del Gringo, a unos diez kilómetros al norte de Collipulli, fuese conocido con el nombre de “Mortandá” en recuerdo de más de  un  centenar de indígenas asesinados por defender su tierra. 

Los relatos de los inquilinos de entonces, contaban de cómo la tierra y los productos de toda esa importante región agraria, estaba empapada en sangre indígena. Sus ancestros habían sufrido las consecuencias del despojo.

El ejército se internaba en las montañas, en los primeros cordones cordilleranos, exterminando la población nativa. Nombres como los de los  coroneles Cornelio Saavedra y  José Manuel Pinto, el capitán Trizano y muchos otros que la historia oficial presenta rodeados de aureola de héroes y valientes, eran despiadados y sanguinarios asesinos, cuyo odio a la población nativa los llevaba a las más increíbles atrocidades. Esa historia está escrita. Cuesta llegar a ella no sólo por el polvo acumulado de los años, sino por el secreto con que se la mantiene archivada, en gran parte, por instituciones castrenses.

El cobarde con cierto grado de poder, es inmisericorde en la tortura y el crimen. Es peor aún cuando se encuentra protegido por la metralla y la juridicidad establecida. En nombre del progreso y de la libertad, los nativos eran despojados y exterminados. Francisco Coloane relata en varias de sus obras el genocidio de comunidades indígenas del extremo sur, algunas de las cuales desaparecieron totalmente.

Más tarde o más temprano, la verdad histórica terminará por imponerse, aunque se la oculte en archivos secretos o se crea destruida. Los vencedores siempre escriben la historia oficial, escamoteando las dimensiones exactas de los sucesos. Ellos son los héroes y valientes que lucharon por la dignidad y defensa de la patria. Se impusieron a los perversos enemigos. Se les rinden homenajes y se los muestra a las nuevas generaciones como íconos cuyo ejemplo hay que imitar. Se oculta que, muchos de ellos, consciente o inconscientemente, fueron instrumentos de los grandes intereses económicos.

Cuando uno se inclina hacia la tierra y escarba en ella, puede también escuchar la sufrida historia de los vencidos. Transmitida oralmente de generación en generación por los hombres de la tierra, viene impregnada de increíble verismo y dolor. Es imperioso que sea  escuchada y escrita por los nuevos cientistas sociales.

En nombre del rey y de la civilización llegaron los conquistadores. En nombre de la patria, los colonos arrebataron la mayor parte de las tierras a sus habitantes originarios. Hoy, carecen de reconocimiento constitucional y, en nombre de la modernidad  globalizada, de la democracia y la libertad, se les considera estorbos al progreso.

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