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OSCAR RAMOS Y CARMEN VIVANCO. (Inolvidables II)

Enviado por Mario&Nimia el 02/12/2010 a las 16:34

Carmen Vivanco nació en Ovalle en 1916. Hoy camina sobre los noventa y cuatro  años. Bajo la piel tostada y el cabello blanco, es pequeña y frágil. Sus ojos azules, son lámpara para quienes buscan caminos.  Transita sobre el desamparo, pero es báculo para otros. Nunca la he visto inactiva o sin la apretada agenda de hechos que  exigen su atención en cada instante.

“Cristal” la llamó quien la amaba, Óscar Orlando Ramos Garrido, su cónyuge. y compartió treinta años con ella-. “Carmen es reflejo y vibración ante la alegría o la pena de los que  respiran a su lado y transitan la existencia”- dijo.

         Durante muchos años trabajó junto al Partido Comunista. Uno de esos días, aunque se había luxado una mano llegó a cumplir tareas  junto a Rafael Cortez, quien, al verla muda soportando el dolor- le  dijo: “Ud. es puro sistema Shanks: pone el hombro a las tareas más duras como el trabajador pampino. No expresa su dolor físico ni la angustia ante la separación de su hijita de meses y de su marido, prisionero en Pisagua”.

Eso ha sido ella, hierro tenaz en la  búsqueda de los cinco miembros de su familia hechos desaparecer por la dictadura de Pinochet. Frágil ente de nuestra tierra, no se dobla ni se rompe. Tragándose el amargor de las lágrimas, ha recorrido Chile y el mundo exigiendo verdad y  justicia junto a la Asociación  de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).    

No tenía tres años, cuando murió su madre. Creció junto a la abuela paterna cuidando a Hugo, el hermano menor, amigo y compañero en la lucha por justicia para los trabajadores. Al enviudar, el padre tomó nueva esposa y se enganchó para trabajar en las salitreras, llevando consigo a su madre, a Carmen  y Hugo Ernesto, de sólo uno.

En el desierto chileno había decenas de oficinas salitreras,  comunicadas entre sí por ferrocarriles. La planta de trabajadores estaba constituida por obreros que habían nacido a lo largo del país. Eran campesinos de la zona central o artesanos de Santiago, ex ferroviarios, obreros del puerto o comerciantes a quienes había atraído la noticia de empleo seguro y la leyenda de los buenos salarios, que luego comprobaban que no eran tales. Como pago recibían fichas  con las que apenas alcanzaban a adquirir lo fundamental para satisfacer sus necesidades. Las oficinas abarcaban pequeñas o grandes extensiones de pampa salitrera habilitadas con zonas de laboreo y recintos administrativos, poblados de casas de calamina, alguna plaza, un local social, la infaltable pulpería, a veces, una iglesia. En medio de ese desierto no había nada que pudiera hacer amable la vida. Las agotadoras labores empezaban con la alborada y concluían al atardecer. Las mujeres no tenían más destino que tener hijos, cocinar, limpiar la casa, esperar y atender al marido.

La familia se estableció  en la oficina Anita. Los niños ingresaron a la escuela básica en Aníbal Pinto y cursaron allí hasta la tercera preparatoria. Carmen y su hermano no disponían de espacio donde  distraerse. Jamás supieron de juguetes o de Pascuas. No había pasatiempos  para ellos y debieron empezar a laborar desde edad muy temprana. Hugo Ernesto vendía velas y cigarrillos; Carmen, junto a su madrastra lavaba ropa de los obreros del caliche y, de madrugada, preparaba el “lonche” que aquéllos llevaban al trabajo.

El padre, fochista, llevaba a sus hijos, desde pequeños a las concentraciones de la Federación Obrera de Chile, especialmente cuando participaba Elías Lafertte. Era la época del primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo y el control de las compañías sobre las actividades sindicales era muy riguroso. A veces, al término de la jornada, el padre llegaba con compañeros para discutir los problemas que se les presentaban en el trabajo. El reglamento de la Oficina  obligaba a los obreros a estar en casa a las seis de la tarde, con las puertas cerradas y sin luz. Las viviendas eran de calamina y había hoyos en las paredes. Alrededor de las seis y media empezaban a circular por el recinto los rondines, nominados “bienestar”.Ellos, introduciendo la punta de la carabina, en los hoyos  gritaban:

— ¡Ya es hora de apagar la luz! ¿Quiénes están aquí?.

         — Nadie, sólo la familia –respondía el padre.

Cuando se alejaban –dice Carmen-  salían los compañeros que dialogaban con papá y se iban. Mi hermano y yo sabíamos guardar silencio: nadie se enteraría por nosotros de lo que ellos habían conversado. El padre no sabía leer y la  despertaba cuando a medianoche llegaba el diario de los trabajadores y le decía: “Hija, léamelo”. Al día siguiente, traspasaba el diario a otro obrero. Así circulaba la prensa.

Los niños tenían que trabajar también. A los diez años Hugo Ernesto cargaba latas que le originaron problemas en los brazos y quedó para siempre con un hombro caído.  A los catorce, por la noche  caminaba kilómetros por la pampa para distribuir el diario clandestino “El Despertar de los Trabajadores”. Mantenía a buen resguardo, además, los carnets de los miembros de la FOCH, pues la afiliación a ella era  causal de despido.

En 1941, el padre perdió el puesto de calichero porque  ya no servía  para realizar labores  rudas. La familia emigró a  Antofagasta. Carmen ingresó al Partido Comunista y militó activamente en la Federación Obrera de Chile. Conoció a Óscar Orlando Ramos Garrido  cuando éste era miembro de  la Juventud y ella, del Comité Regional de Antofagasta. Él, serio y responsable, había estudiado Electricidad por correspondencia y participaba  en la escuela de formación política. Había aprendido a “parar tipos” en la imprenta clandestina de “El Popular”  de Antofagasta. Pololearon algo menos de un año y se casaron en l946.

En el intertanto, la situación económica y política del país  se había ido poniendo cada vez más difícil  y Hugo Vivanco había sido detenido en varias oportunidades en San Felipe, por  ser organizador de los trabajadores. En la época de Gabriel González Videla, Óscar Ramos junto a Víctor Díaz y muchos dirigentes obreros fueron relegados a Pisagua. Genoveva tenía nueve meses, cuando Carmen fue detenida durante cuatro meses en el Regimiento Esmeralda y su madrastra debía  llevarle diariamente a la pequeña para que la amamantase. Después fue relegada a Chillán donde permaneció un mes y medio hasta que logró fugarse con la ayuda del diputado José Miguel Iturrieta. Logró llegar a Santiago y trabajó en la clandestinidad hasta que se reunió con su marido liberado del campo de concentración.

Pudieron reanudar la vida familiar. Ella recibía una pequeña pensión y trabajaba en costuras hasta las tres o cuatro de la mañana para mantener la casa. Óscar fue cargador de camiones y más tarde secretario del diputado de Arauco, Santos Leoncio Medel. Trabajó  como radiotécnico, después, junto a Víctor Díaz y Hugo Vivanco, ingresó como linotipista en la Imprenta Horizonte. Fue dirigente sindical, con fama de hombre serio, firme y ponderado. Siempre fue excelente padre y buen marido –dice Carmen. Me ayudaba en los quehaceres de casa y, cuando yo, debido a mis obligaciones, llegaba más tarde a la casa, me esperaba hasta con la comida preparada.

Hugo Vivanco casó con Alicia Herrera Benítez  y fueron felices junto a su hijo Nicolás.

 En las elecciones de 1945, el PC  obtuvo siete senadores y quince diputados.

 En 1950 nació: Óscar Ramos Vivanco. Fue estudiante de computación, técnico en radio y se tituló como tornero en la Escuela Industrial de Puente Alto.

         En 1957, los trabajadores de la Imprenta Horizonte fueron relegados a Pisagua y, entre ellos,  Óscar Ramos. En 1972  fue nombrado Intendente de la provincia de Llanquihue. Por disciplina partidaria, él y Carmen debieron aceptar el traslado. Carmen cuenta al respecto: “Empecé a trabajar con las compañeras de las poblaciones, juntas de vecinos y organizaciones sindicales. Pero debía relacionarme también con las señoras de los militares. Había oportunidades como el 21 de mayo u otras fiestas del país, en que me veía obligada a participar junto a esas damas que tenían más roce social y un  mayor nivel  de educación. Cumplí con ello, pero lo hice con un dolor muy grande en el corazón. Solía decirles: “Yo soy una mujer sencilla que pertenece a la clase obrera”. Ellas me rebatían: “No se preocupe, Ud. por su modo de desenvolverse parece una profesora. Tiene tanto desplante y claridad para expresarse que no debe sentirse amilanada”. Las ayudé en la organización de la Pascua y de fiestas oficiales, pero nunca consiguieron que participara en actividades como los juegos de canasta, de los cuales yo nada  entendía ni me interesaban.

La tarea de mi marido era muy compleja y difícil. Requería la habilidad de interactuar con los diversos grupos políticos, buscando la mejor manera de satisfacer necesidades y evitar fricciones entre ellos. Cuando había conflictos, él dialogaba con los dirigentes y yo me reunía con las mujeres buscando satisfacer aspiraciones legítimas y  superar situaciones de confrontación. Después del Golpe de 1973, muchos funcionarios o representantes de grupos de oposición decían con respecto a su desempeño: “Todavía recordamos al Intendente Ramos. Él sabía entenderse con las personas y evitar conflictos inútiles. En las situaciones complejas decía: “Conversemos, examinemos los problemas y busquemos entre todos la solución”. Y así se hacía.

Debido al exceso de tensiones vividas a diario, Öscar  enfermó gravemente a fines de agosto de 1973. Se le reventó una úlcera en el duodeno. El 9 de septiembre, el médico determinó trasladarlo de urgencia a Santiago. Le ordenaron inmovilidad absoluta y  el 11 debería someterse a chequeo clínico en el hospital. No pudo hacerlo, porque justamente aquel día se produjo el Golpe. Debí administrarle las medicinas recetadas en Puerto Montt mientras se presentaban condiciones favorables para hospitalizarlo. En ese tiempo tan difícil, de frecuentes tiroteos, vivíamos en una casa arrendada, a cuyo 2° piso subían una y otra vez los militares, sosteniendo que allí había francotiradores. Me correspondió muchas veces abrirles la puerta para que subieran a investigar. Afortunadamente, ninguna vez intentaron registrar nuestra casa. Debido a la urgencia con que debimos partir, mi hijo tuvo que  quedarse en Puerto Montt y estuvimos una semana sin tener noticias de él. El Jefe Militar que asumió el cargo, le permitió salir de la Intendencia con el compromiso de que no tomaría participación en ninguna actividad política. Óscar Arturo, en cuanto le fue posible, viajó a Santiago a reunirse con nosotros. En el intertanto pude hablar con el Dr. Moreno quien me aconsejó trasladar a mi esposo al Hospital San José e ingresarlo bajo un nombre distinto al suyo. Así lo hice. Permaneció allí  veintiún días  y  logró mejorarse. Como era buscado por la policía política, al ser dado de alta, debimos llevarlo  a casa de uno de sus hermanos y allí  permaneció oculto durante un año. Cuando llegaban  los detectives a buscarlo a nuestro domicilio, yo decía simplemente.”Se fue de la casa y no sé donde se encuentra”.

HUGO VIVANCO VEGA fue el primer familiar de Carmen Rosa Vivanco, que cayó en poder de la DINA. Permaneció  en su puesto en Horizonte hasta el 11 de septiembre de 1973, día en que el nuevo régimen clausuró y confiscó el diario y la empresa. Le  habían aconsejado que se fuera, al norte o al sur, pero no quiso. Se entregó de lleno al trabajo político en todo el período difícil, porque había que poner muchas cosas a salvo, según decía. Se las arregló para hacer de vendedor ambulante, ofreciendo jabones, peinetas, para tomar contacto con los compañeros. Ese medio era para él la única posibilidad de resistir, de no sentirse arrollado por la persecución.

         “Vivanco estaba enfermo –cuenta Sergio Villegas, autor de Morir es la Noticia- tenía una afección grave a las piernas y a la cintura; apenas podía caminar. Estaba comenzando a reponerse cuando tuvo la mala idea de salir a comprar pan. Al mediodía del 4 de agosto de 1976, dos hombres de complexión robusta lo detuvieron, apartaron a una vecina que quiso intervenir y lo arrastraron hasta el auto en que habían llegado. Estaba casado con Alicia Herrera Benítez, quien ese día llegó a su casa a las dos de la tarde. Cuando supo lo ocurrido partió desesperada a la casa de su cuñada Carmen, para ver qué medidas podían tomarse. También telefoneó a su hijo Nicolás Hugo Vivanco Herrera, que trabajaba en la automotora Peugeot en San Felipe. Éste, apenas recibió el aviso, partió angustiado a Santiago a casa de sus padres. Todo estaba revuelto. Allanamiento total. Por gente del barrio supo que Alicia Herrera  había sido detenida a las 16:00 hrs. Según pudo establecerse posteriormente, los aprehensores de doña ALICIA DE LAS MERCEDES HERRERA BENÍTEZ, trasladaron a ésta hasta el recinto de detención clandestino de la DINA, denominado Villa Grimaldi o Cuartel Terranova. Desde ese lugar se le perdió el rastro y no se ha vuelto a saber de su paradero.

Sergio Villegas, en la pág. 399 de su libro, informa: NICOLÁS HUGO VIVANCO HERRERA estuvo viajando entre San Felipe y Santiago en esos días de zozobra, cumpliendo con su trabajo y, al mismo tiempo, haciendo lo imposible por saber de sus progenitores. El 10 de agosto salió de casa de su tía Carmen Vivanco..., pero no apareció nunca más. Tenía 30 años. Su esposa y sus tres hijos viven aún en San Felipe”.

En el lapso de una semana arrancaron del lado de Carmen a cinco familiares directos y profundamente ligados a su corazón. Nunca pudo hallarlos, pues los cinco fueron secuestrados y hechos desaparecer.

“Óscar Arturo, mi hijo, - relata Carmen-  armaba radios y su padre le ayudaba. El día en que los detuvieron estaban trabajando juntos. Al parecer fueron llevados a la Villa Grimaldi. Nunca volví a saber nada de ellos, aunque los he buscado infructuosamente durante más de treinta años”.

Óscar Ramos Garrido había seguido funcionando en la clandestinidad como encargado de Organización del Comité Regional Capital. Reemplazó a  José Weibel en el cargo cuando éste fue detenido el 29 de marzo de 1976. Trabajó en tareas asignadas por la Dirección  del PC hasta las 13 horas del 5 de agosto de 1976, fecha en que seis agentes de la DINA se presentaron en  su casa habitación, la allanaron, y, en presencia de su hija Genoveva, lo aprehendieron junto a Hugo Ernesto. Los introdujeron por la fuerza en un Peugeot rojo y se los llevaron. Carmen Vivanco no volvió a verlos jamás.

“Cuando Genoveva regresó a Antofagasta quedé totalmente sola. Durante doce años, llegaba a la casa sólo a conversar con las paredes. En aquel entonces, mi familia sólo era la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos: allá me encontraba con todas las que sufríamos por la misma causa.

         “En la Vicaría de la Solidaridad nos daban a los afectados por la desgracia una porción de azúcar, otra de harina y de arroz y algunos otros alimentos. Después que detuvieron a mi esposo, yo recibía una pequeñísima  pensión por haber trabajado anteriormente en un taller y eso alcanzaba para comprar el pan y un poco de carne. Dejaba algo para mí y todo el resto lo llevaba  a San Felipe, a casa de mi sobrino cuya esposa no trabajaba porque  tenía tres hijos pequeños y, desgraciadamente, no contaba con  ninguna ayuda de parte de su familia. Yo casi no cocinaba en casa, porque pasaba el día completo en la Vicaría. Allí nos daban cien pesos para la movilización y con eso, además,  alcanzábamos a comprarnos un sándwich. Pasábamos todo el día con ese sándwich y una taza de té. Cuando intercambiamos recuerdos con las compañeras, suelen decir: “¿Recuerda cuánta hambre  sufríamos, Carmencita?” Los fines de semana los pasaba en casa de una amiga a quien ayudaba a lavar, planchar y zurcir la ropa de los niños y comía allí. Pero si había que cumplir un trabajo salía, pues. participaba también en tareas partidarias.

         “Antes de incorporarme a la Agrupación yo había trabajado activamente en el Partido. Aunque tenía escasos años de estudio, me gustaba mucho leer y asimilaba rápidamente lo que escuchaba de los que estaban mejor preparados y así me fui capacitando para intervenir en reuniones y en sindicatos. Me mandaban a provincias. Durante los tres períodos de candidatura de Allende formé parte de la Comisión de Control y Cuadros, después pasé a integrar la Comisión Femenina junto con Julieta Campusano, Mireya Baltra y otras compañeras. Antes del golpe me mandaron varias veces a Antofagasta y a Pedro de Valdivia. Siempre tuve trabajos importantes en la organización.

Ahora, a veces me da pena al pensar que ya estoy vieja y no puedo hacer mucho. Es posible que alguna vez discrepe con algún compañero o con alguna política del partido, pero siempre voy a estar allí.  La lucha es lo único que me deja satisfecha. No sirvo para estar sentada en la casa sin hacer nada. Así lo aprendí desde que mi padre nos llevaba caminando junto con  mi hermano  a escuchar al compañero  Elías Lafertte,  a cuatro kms. de la oficina salitrera”.

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